Los judíos y el cine

Introducción a la edición española de Un Imperio propio. Cómo los judíos inventaron Hollywood

Por Diego Moldes

Cuando visité Hollywood, en junio de 2007, pude confirmar algunas de las ideas que me bullían por la cabeza desde hacía años, relacionadas con la apasionante y vertiginosa Historia del Cine y la Historia del Pueblo Judío y sus diversas diásporas, que en su totalidad abarcan algo más de tres mil años. Se dice pronto. Las huellas de la comunidad judía de Hollywood, de poco más de un siglo de existencia, se apreciaban por doquier; bastaba con observar con detalle. En Hollywood encontré un libro cuyo título en seguida llamó mi atención: An Empire of Their Own. How the Jews Invented Hollywood [Un Imperio propio. Cómo los judíos inventaron Hollywood]. Su autor era Neal Gabler, a quien yo no conocía como historiador de cine. Lo había publicado en 1988, tras un proceso de investigación que, desde inicios de la década, le había llevado la friolera de ocho años. Leí y releí el libro varias veces durante los años siguientes. Me impresionó su rigor investigador, la cantidad de datos y anécdotas que aportaba (incluso historias privadas o asuntos familiares), algunos de los cuales, como pude comprobar, desconocían hasta los críticos y académicos más avezados. Por encima de todo, parecía que estaba bien escrito, en un inglés fluido, contado como un conjunto de relatos interconectados, aunque mi conocimiento del inglés no me permitía hacer juicios de valor estilísticos. Lo recomendé a varios editores, historiadores de cine, críticos, periodistas, cinéfilos. A algunos causó asombro. A nadie parecía interesarle publicarlo en español. Parecía un tema polémico, según me decían, algo que el gran historiador Roman Gubern (Barcelona, 1934) explica en su prólogo con una anécdota personal de hace muchas décadas, y que demuestra que el prejuicio antisemita no es exclusivo de España ni de nuestro tiempo. Por desgracia, prejuicios han existido siempre y en todo lugar. Hasta que un día charlando telefónicamente con el editor Javier Fornieles Ten, debió ser en 2013 o en 2014, mostró interés por este ensayo histórico. Le mandé un correo electrónico con los datos del libro y el enlace para su compra. Fruto de su interés y trabajo, su buen hacer y amplitud de miras, es el libro que el lector español tiene entre sus manos. El mérito es por tanto de Editorial Confluencias, una pequeña editorial que edita exclusivamente libros de calidad e interés cultural, independientemente de los avatares del mercado. Ha habido que esperar veintisiete años para que el magnífico libro de Neal Gabler viese la luz en nuestro idioma. Creo que cubrirá un vacío, tanto en la historiografía cinematográfica en español, por un lado, como en la judaica, por otro. Dos corrientes que pocos autores se han molestado en vincular.

El pueblo judío siempre se ha caracterizado por dos gran cualidades, entre otras, su pasión por la cultura –el pueblo del Libro– y su habilidad antiquísima por el comercio o, como diríamos hoy en día, para hacer negocios. Cierto que en la Antigüedad, los principales pueblos del comercio marítimo fueron los griegos y los fenicios (primos de los judíos en aquel entonces, hasta el punto que en sus asentamientos o emporios llegaron a mezclarse). Pero con la invasión bárbara aquellos pueblos desaparecieron o se fusionaron con otros, dentro de imperios y reinos, durante la larga y oscura Edad Media. El único pueblo de la Antigüedad que ha sobrevivido hasta hoy manteniendo sus características identitarias es el pueblo judío. El antisemitismo europeo, inicialmente de raíz cristiana, que se acrecentó con la creación de los Estados-Nación en el siglo XIX, propició una serie de oleadas migratorias al continente americano, en especial a Estados Unidos y Canadá, en menor medida a Argentina, Chile, Brasil, México, Uruguay, Venezuela, etcétera. A aquellas oleadas migratorias del siglo diecinueve y principios del veinte, se unieron las posteriores al año 1917 –con la creación de la URSS–, y muy especialmente, los años treinta, con el auge del nazismo, por un lado, y de las purgas estalinistas soviéticas, por otro. Pero los personajes que ocupan el libro de Gabler no eran judíos burgueses acomodados que huyeron de Europa en los años treinta, sino campesinos muy pobres que llegaron con sus familias siendo niños o jóvenes. Procedían, en su mayor parte de los shtetls o aldeas judías de Europa Oriental. Un shtetl (del yídish שטעטל, diminutivo de la palabra poblado, shtot, שטאָט. Decimos los shtetls, aunque su plural en yídish sería shtetlej, שטעטלעך), era una aldea o pueblo de población exclusivamente judía, generalmente de origen askenazí y lengua yídish (mezcla de hebreo, alemán y lenguas eslavas, ruso, polaco, ucraniano, etc.). Aunque su origen es medieval, su proliferación es moderna y producto de la legislación rusa imperial, del siglo XIX y principios del XX, situándose la mayor parte de los shtetls en el inmenso territorio que se extendía entre el mar Báltico y el mar Negro, parte entonces del Imperio Ruso y que hoy son territorios de las siguientes naciones: Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Rusia y Crimea. Es lo que se denominó Zona de Asentamiento, desde 1793, cuando en tiempos de la emperatriz Catalina II de Rusia se produjo la Segunda Partición de Polonia. En los inmensos territorios del Imperio Austro-húngaro y del Reino de Prusia (posteriormente parte del Imperio Alemán) también había poblaciones significativas judías, pero en aquellas zonas de Europa Central no se distribuían en shtetls o aldeas sino en guetos urbanos. Además, a diferencia de los judíos rusos y ucranianos, campesinos muy pobres, los judíos austriacos, prusianos, alemanes, checos, bohemios, eslovacos y, en parte, húngaros, transilvanos o rumanos, centraban su actividad en el comercio y las industrias emergentes y su posición social era mucho más elevada.

zona asentamiento

Mapa de la denominada Zona de Asentamiento, 1905. La Zona de Asentamiento en el Imperio Ruso pervivió desde 1793 (Primera Partición de Polonia) hasta 1917 (inicio de la Revolución Soviética).

Los pogromos antijudíos fueron agresiones premeditadas que simulaban ser expontáneas pero que estaban trazadas y consentidas por las autoridades rusas, para que la población mayoritaria, cristiana ortodoxa, atacase los shtetls judíos, provocando muertes de adultos y niños, violaciones de mujeres, saqueos, incendios y agresiones físicas de todo tipo. Se iniciaron en Odesa en 1821 y se fueron generalizando. En dicha ciudad portuaria de Crimea tuvo lugar uno de los pogromos más violentos, en 1859. Los pogromos se fueron generalizando hasta las matanzas sistemáticas impulsadas por el zar Alejandro II, entre 1881 y 1884. Hubo otros pogromos violentísimos, con miles de muertos, entre 1903 y 1906. Como resultados de esto, huyendo del miedo, la muerte y la miseria, más de dos millones de judíos emigraron a América entre 1880 y 1914, inicio de la Gran Guerra. La llegada del comunismo tampoco mejoró la situación de los judíos. Las matanzas se sucedieron en la guerra civil rusa entre 1918 y 1923, con más de doscientos mil judíos asesinados. Posteriormente la situación de los judíos soviéticos mejoró bajo el liderazgo de Lenin (de origen judío por línea materna: la familia Blank, su abuelo Alexandr era médico, hijo de Moishe Blank, un banquero del Zar), pero su muerte en 1924 y la llegada al poder de Stalin –que ya había sido nombrado Secretario General del Partido Comunista en 1922–, antiguo seminarista y antisemita furibundo, el cierre de fronteras, las purgas y los tristemente célebres gulags, provocaron más exterminios de las minorías judías, de los que no hay datos fiables, por contradictorios.

En la Norteamérica colonial, durante más de tres siglos, apenas había judíos. El primer judío que se asentó, del que se tiene noticia, fue un tal Luis de Carabajal y Cueva (1539-1595), un converso sefardí de origen hispano-portugués, que radicó en Texas. El primer judío practicante fue Elias Legarde (Legardo), sefardí que se asentó en James City, Virginia, en 1621. Joaquim Gans, nacido en Praga (Reino de Bohemia) en 1564 se convirtió en 1584 en el primer judío askenazí en afincarse en lo que hoy son los Estados Unidos. En New Amsterdam (hoy Nueva York), en 1654, se asentaron las primeras comunidades judías, todas sefarditas, provenientes de Recife, en Brasil, que escapaban de la Inquisición, como habían hecho sus antepasados huyendo de España y Portugal a Ámsterdam, Londres o Brasil. Para que el lector se haga una idea de lo minúsculas y cerradas que eran aquellas comunidades sefardíes norteamericanas, cuando se crearon los Estados Unidos, uniéndose las colonias en 1776, las comunidades de la Costa Este sumaban apenas unas mil personas, mil quinientas en 1790, 2.250 en 1800, sólo 6.000 en 1830, 50.000 en 1850 y 200.000 en 1870. En su mayor parte eran sefardíes. Los pogromos antes mencionados y el crecimiento del antisemitismo europeo en general aceleraron las migraciones atlánticas, en su mayor parte de askenazíes. Entre 1880 y 1920, en sólo cuarenta años pasaron por la Isla de Ellis (la entrada oficial a los Estados Unidos, situada junto a la Estatua de la Libertad, hoy un museo cuya visita causa una honda impresión simbólica, como he podido comprobar) más de tres millones de judíos europeos. Como resultado de esto, y de la subida de Hitler al poder en 1933, se pasó de las doscientas mil personas de 1870 a más de cuatro millones en 1930. En 1940, en plena guerra en Europa, justo antes del inicio del Holocausto (en hebreo Shoá, השואה, literalmente Catástrofe), en Estados Unidos se cifró la población de origen judío en 4.771.000 personas. Cifra que no ha variado mucho en nuestros días, pues, transcurridos 75 años, la población judía en Estados Unidos en 2015 es de aproximadamente cinco millones y medio de personas. Me he detenido en explicar estos detalles históricos porque creo importante que el lector de este libro comprenda que los fenómenos migratorios de los judíos europeos a Estados Unidos fueron bien diferentes, como es lógico, pero todos tenían el denominador común del antisemitismo. En todo caso, los judíos que crearon Hollywood no tenían nada que ver con sus acomodados primos alemanes y austriacos, que escaparon de Alemania y Austria entre 1932/33 y 1940 grosso modo, lo que se llamó la “fuga de cerebros” y de la que científicos como Albert Einstein, Robert Oppenheimer o Edward Teller serían algunos de sus más grandes exponentes. Los judíos que inventaron Hollywood no tenían estudios universitarios, ni mucho menos conformaban la elite intelectual mundial. Aquellos judíos vivieron y crecieron en la miseria más absoluta, tanto en su Europa natal como en sus primeros años  en Norteamérica, dejaron la escuela elemental siendo casi niños y aprendieron todo lo que sabían de los negocios desde los trabajados peor remunerados, cambiando de oficio cada poco tiempo. Su universidad, como se suele decir, fue la escuela de la vida. Su ambición era producto de una carencia y su necesidad de ser socialmente respetados provenía del prejuicio y del odio que sus padres y ellos mismos en su niñez habían padecido. Por eso su proceso de americanización fue tan fulgurante, convencida y profunda. No renegaban de sus raíces familiares, pero las querían dejar atrás o, por lo menos, dejarlas estar dentro del ámbito de lo privado, del hogar. De puertas para afuera se convirtieron en los más fervientes defensores del modelo de vida americano, que conocían en todos sus estratos sociales, del más bajo al más alto. Precisamente por eso, al alcanzar la cima de la pirámide económica, muchos se volvieron conservadores, gran parte de ellos votaban o financiaban al Partido Republicano, casi siempre sin alardes ni publicidad de ningún tipo. Cuando ya no ambicionaron los bienes económicos, buscaron prestigio y aceptación social en el país que los había acogido y en el que habían progresado. Impulsando el modelo anglosajón protestante, con aquellas películas que durante más de medio siglo conformaron lo que hoy denominamos el gran Cine Clásico; fueron más papistas que el papa, más americanos que los nacidos en aquellas tierras y que sí descendían de los primeros colonos.

Que hubiesen sido ellos, los pobres emigrantes judíos, los que creasen la industria del cine norteamericano (integrando exhibición, distribución y producción en una misma empresa, algo hoy extendido, pero una anomalía total hace más de un siglo) y en general, posteriormente, de casi toda la industria del entretenimiento global, obedece, por tanto a una lógica histórica. Para ellos, acaso más que para ningún otro pueblo diaspórico –italianos, turco-otomanos, armenios, irlandeses, gallegos, vascos, griegos, libaneses, chinos, indios, etcétera–, América fue la verdadera Tierra Prometida.

Si hacemos algo de arqueología cinematográfica, veremos que, a lo largo del siglo XIX, los ciudadanos judíos no tuvieron ninguna presencia en la serie de invenciones que permitieron el nacimiento de la fotografía, de Niépce, Daguerre y Talbot a Muybridge pasando por el profesor Plateau, Marey, Nadar o Anschütz. Tampoco participaron en la sucesión de inventos que permitieron la creación de los primeros proyectores cinematográficos ni en las cámaras que registraban aquellas imágenes. De entre todos los pioneros que antecedieron al cine primitivo, Varley, Friese-Greene, Le Roy, Robert Paul, Le Prince, Birt Acres, Goodwin, Demeny, Edison, W. K. Dickson, los hermanos Emil y Max Skladanowsky y los hermanos Auguste y Louis Lumière, no hallaremos a ningún judío.[1] La razón es bien sencilla. Aquella era de inventos tuvo lugar fundamentalmente en Alemania, Reino Unido, Francia y Austria (excepto Muybridge y Edison, estadounidenses), en un largo periodo que abarca casi setenta años, desde 1826 hasta 1895. Es decir, desde la primera fotografía que se conserva (Point de vue du Gras o La cour du domaine du Gras [Punto de vista de Gras o Vista desde la ventana en Le Gras], de Joseph Nicéphore Niépce) hasta las primeras proyecciones públicas de los Skladanowsky y su Bioskop (bioscopio) el 1 de noviembre de 1895 (Wintergarte, Berlín) o los hermanos Lumière  y su Cinématographe (cinematógrafo) el 28 de diciembre de ese mismo año en el Grand Café del Boulevard de los Capuchinos, en París (del que ya habían hecho proyecciones privada al menos desde el 22 de marzo de 1895). Excepto en Francia, donde los judíos fueron emancipados por Napoleón en 1806 (si bien, ya tras la Revolución se les intentó igualar en derechos a los demás ciudadanos, desde el temprano 1790), en los demás países europeos los judíos tardaron mucho en tener derechos y, por tanto, en emanciparse y asimilarse, estudiar y trabajar libremente y en igualdad, y por supuesto en disponer de leyes que velasen por la propiedad intelectual de sus posibles inventos. Tampoco podían ir a la Universidad, ni participar en sociedades mercantiles con gentiles. El mapa que se muestra a continuación da una idea clara de cuánto tiempo tardaron en emanciparse jurídicamente los judíos europeos. Y explica, de un vistazo, las diferentes oleadas migratorias que partieron de cada uno de aquellas naciones o imperios rumbo a América.  Así, en Prusia, los judíos gozaron de igualdad en 1850; en el Imperio Austro-húngaro en 1867, en el Imperio Alemán constituido en 1870, en 1871; en  Reino Unido en 1890 y en el Imperio Ruso nunca, hasta que llegó la Revolución en 1917 y se creó la Unión Soviética (en donde el antisemitismo, casi inexistente entre 1917 y finales de los años veinte, rebrotó con fuerza en los años treinta con Stalin). Los casos del Imperio Otomano (con la mayor concentración de sefardíes) en 1908, Portugal (1910) y España (1930) son aún más vergonzantes, pero por entonces la era de los inventos visuales, fotográficos y cinematográficos, se podía dar ya por concluida. Todo el talento, empuje y ambición de aquel pueblo lo perdió Europa y lo ganaron los jóvenes Estados Unidos de América, en donde, desde su fundación en 1776 a partir de las trece colonias de la Costa Este, todos los ciudadanos gozaban de igualdad jurídica.

Emancipación de los judíos mapa

La gran paradoja que el libro de Gabler refleja mejor que ningún otro que yo conozca es que fue el antisemitismo europeo, insisto, el que contribuyó a la mayor prosperidad de la sociedad norteamericana. Aquellos emigrantes, junto a otros, la dotaron de dinamismo, valentía, atrevimiento, osadía, movilidad geográfica y capacidad de riesgo, algo esencial si se quiere triunfar en el mundo de los negocios y que aún hoy define al capitalismo. Este libro, por tanto, aporta alguno de los datos más reveladores respecto a la creación del primer medio de comunicación de masas del siglo XX: el cine. Vayamos al grano, sin más rodeos: Hollywood y la industria del cine la inventaron los judíos europeos. La mayor parte de ellos eran, como decíamos, judíos provenientes de Europa Oriental y Central, cuando estas tierras estaban dominadas por dos grandes imperios, el Imperio Ruso y el Imperio Austro-húngaro. El cine como industria es, por tanto, un invento judío.[2] Si algún lector estuviese en desacuerdo, será por desconocer la Historia del Cine Americano y porque aún no ha leído este libro de Neal Gabler. Es un estudio esencial, absolutamente imprescindible, para conocer los orígenes de los  productores dueños de los films, de los estudios de Hollywood y de las compañías cinematográficas, origen de la industria audiovisual norteamericana, anglosajona e internacional.

En su espléndido libro, fruto de una documentación exhaustiva y de un trabajo de campo no menos prolijo, Neal Gabler nos hizo comprender que conceptos como el Sueño Americano (The American Dream), o el American Way of Life (El modo de vida americano), no fueron conceptos socioeconómicos ideados, creados e impulsados por personalidades de origen norteamericano, ni siquiera por anglosajones protestantes provenientes del Imperio Británico, sino por judíos europeos que dejaron  atrás sus raíces y la virulenta judeofobia de la vieja Europa finisecular y crearon, promovieron, financiaron, impulsaron y desarrollaron toda una mitología americana, con sus arquetipos e ideas-fuerza, que es, no sólo la de Estados Unidos, sino la de todo Occidente. Nos lo explica Gabler en su Introducción del mejor modo: “Al crear una América «en la sombra», que idealizara cualquier tópico glorificado sobre el país, los judíos de Hollywood crearon un poderoso grupo de imágenes e ideas —tan poderoso que, en cierto sentido, colonizaron la imaginación de América. Nadie podría pensar en este país sin pensar en las películas. Como resultado, la paradoja —de que las películas eran por excelencia americanas mientras que no lo eran los hombres que las hacían— se giró sobre sí misma. Finalmente, los valores americanos acabaron siendo definidos en gran parte por las películas que hacían los judíos. Finalmente, al crear sus propios Estados Unidos idealizados, los judíos reinventaron el país en las imágenes de su ficción.” Como dice Gabler, Hollywood se convirtió en la nueva religión de América. Me atrevería a decir que Hollywood fue y es la mitología de todo el planeta en el siglo veinte y en el veintiuno, para bien o para mal (eso es harina de otro costal). La globalización cultural, hace más de un siglo, como ahora hacen los emprendedores de Internet, fue un idea de Hollywood, y por tanto una idea judía. Con el tiempo, las multinacionales de Hollywood no sólo se dedicaron al cine, sino que se convirtieron en conglomerados globales de entretenimiento, uniendo a la industria del cine la de la televisión, la música, parte de la industria editorial, la de los videojuegos y todo aquello que pueda ser permeable a una franquicia, saga, serie o personaje.

A lo largo de los últimos treinta y cinco años Neal Gabler (Chicago, 1950) ha sido guionista, ensayista, columnista de cine (The New York Times, Esquire, Vogue, etc.), documentalista fílmico y profesor universitario de reconocida solvencia, en las universidades de Michigan, Pennsylvania State y University of Southern California, además de investigador en Harvard. An Empire of Their Own: How the Jews Invented Hollywood fue el primero de los cinco libros que ha publicado hasta la fecha, entre los que también conviene destacar Life: the Movie. How Entertainment Conquered Reality (1998). Como director de documentales sobre cine y cultura de masas ha realizado nueve films, desde 1982, entre los que suscitaron bastante interés Jack L. Warner: The Last Mogul [Jack L. Warner: El último magnate, 1993], Warner Bros. 75th Anniversary: No Guts, No Glory [Warner Bros. 75 aniversario: Sin agallas no hay gloria, 1998] y, especialmente, Hollywood y el holocausto (Imaginary Witness: Hollywood and the Holocaust, 2004), narrado por Gene Hackman, distribuido en cines y festivales internacionales y emitido en numerosas televisiones. Cuando comenzó a idear este libro contaba poco más de treinta años y lo publicó cumplidos los treinta y ocho. Obtuvo el Premio Los Angeles Times al mejor libro de Historia del año 1988, así como el Theatre Library Association Award, en 1989. Ahora, a sus sesenta y cinco años, lo verá por fin traducido a la segunda lengua más hablada del mundo (tras el chino mandarín), el español. Espero que su prolijo estudio tenga eco no sólo entre los lectores españoles, sino también entre los hispanoamericanos. Seguro que sorprende a más de uno. Al menos así fue en mi caso.

El éxito del libro de Gabler en Norteamérica supuso la realización, diez años después, del revelador documental Hollywoodism: Jews Movies and the American Dream (Hollywoodismo: películas judías y el Sueño Americano, 1998), dirigido conjuntamente por Simcha Jacobovici y Stuart Samuels a partir del guión de Gabler fruto de este ensayo histórico. El propio Neal Gabler, además de ser el coguionista, aparece en  el documental con declaraciones de gran interés para la Historia del Cine, por su profundidad y enfoque. Por razones incomprensibles, este valiosísimo documental no ha trascendido del mundo anglosajón a otros ámbitos lingüísticos, caso del español.[3]

Hagamos ahora un breve recorrido. Los emprendedores judíos, auténticos pioneros, llevaban en la incipiente industria neoyorquina y de la costa Este por lo menos desde 1903 ó 1904, pero pronto trasladaron sus sets de rodaje y parte de sus oficinas de la ciudad de los rascacielos, la Nueva York que los había acogido, a Los Ángeles, y en concreto a Hollywood, localidad que transformarían en la meca del entretenimiento mundial. Gabler explica muy bien en su capítulo sobre Zukor cómo fue la batalla legal contra el trust (fideicomiso) cinematográfico encabezado por Thomas Alba Edison. En la práctica, con el Trust, crearon un monopolio fílmico con la Kodak, formado exclusivamente por WASP, blancos-anglosajones-protestantes, en la que los emigrantes pobres, en este caso judíos, no tenían cabida. Y es aquí y entonces, en esos decisivos años, entre 1903 y 1917 lato sensu, cuando el papel pionero de los emigrantes judíos no es sólo decisivo, es casi exclusivo. En 1910 David Wark Griffith, uno de los “padres” del cine narrativo, y que no era judío, rodó su primer film en tierras de Hollywood, In old California, un cortometraje ambientado en el periodo mexicano de California, de 17 minutos de duración, producido por Bitograph. Hay constancia de otros rodajes en aquellas soleadas tierras en el otoño de 1911. Por aquel entonces Hollywood se llamaba Tinseltown. Sin embargo, los primeros estudios de cine, se fundaron en 1912. Hubo que esperar a 1913 para que se rodase el primer largometraje en Hollywood, un western titulado The Squaw Man (El mestizo), protagonizado por Dustin Farnum y dirigido por Oscar Apfel (1878-1938) y un debutante Cecil B. DeMille. Apfel y DeMille improvisaron un estudio en una granja de un paraje desértico de Hollywood (aún llamado Tinseltown). Este primer largometraje de 74 minutos de duración se estrenó el 12 de febrero de 1914, distribuida por Famous Players-Lasky y fue un éxito de taquilla, hasta el punto que DeMille realizaría dos remakes, uno en 1918 y otro ya sonoro en 1931.

No es una exageración sino una realidad histórica afirmar que la industria de Hollywood es un invento judío. Veámoslo. El judío húngaro Adolph Zukor (1873-1976), nacido en Ricse, Hungría (Imperio Austrohúngaro), como Adolph Cukor, fundó en 1912 el primer estudio de Hollywood, Paramount Pictures, con el nombre originario de Famous Players Film Company (se anunciaban con la publicidad “Famous Players in Famous Plays”, “Actores famosos en obras famosas”, de ahí su nombre). Su socio y futuro director del estudio Paramount fue Jesse L. Lasky (1880-1958), judío de San Francisco y productor de Broadway, con quien se asoció en 1916 creando Famous Players-Lasky Corporation, embrión de la futura Paramount. En paralelo, también en el año 1912 el judío alemán Carl Laemmle (1867-1939), nacido en Laupheim (Reino de Württemberg, que en 1966, justo un año antes de su nacimiento se había integrado en el Imperio Alemán), creó la Universal Pictures. En esta empresa ejerció de productor ejecutivo Lew Wasserman, judío de origen ruso, nacido en Cleveland como Lewis Robert Wasserman (1913-2002), quien fuera el primer gran agente de actores, fundamentalmente a través de la MCA, Inc. (Music Corporation of America), la primera gran agencia, fundada en 1924 por otro agente judío, Jules C. Stein (1896-1981). En 1914 el judío húngaro William Fox (1879-1952) nacido en Tolcsva, Hungría –Imperio Austrohúngaro–, como Vilmos Fried, fundó en Hollywood Fox Films Corporation, que pasó a llamarse Twentieth Century Fox al unirse con 20th Century Pictures, Inc., fundada en 1933. El polaco Samuel Goldwyn, nacido en Varsovia como Schmuel Gelbfisz (1879-1974), y el bielorruso Louis B. Mayer (1884–1957), nacido en Minsk (Imperio Ruso, hoy Bielorrusia) como Lazar Meir, lanzaron la Metro-Goldwyn Mayer (MGM) en 1924. La MGM era la fusión de tres estudios de cine: Metro Pictures Corporation (fundada en 1915, en donde Louis B. Mayer empezó como secretario, y comprada por Marcus Loew en 1919), Goldwyn Pictures (fundada en 1916) y Louis B. Mayer Pictures Corporation (también creada en 1916). En realidad la fundaron a partir de las gestiones de la empresa creada por un emprendedor genuino, Marcus Loew (1870-1927), judío de origen alemán nacido en Nueva York, pionero de los nickelodeón (las primeras salas de cine, a partir de 1905) y propietario de la primera y más grande cadena de salas de cine de Norteamérica, Loews Theatres, fundada en 1904 junto a Brantford Schwartz. Los judíos de origen alemán Harry y Jack Cohn, hermanos que se odiaban, fundaron Columbia Pictures en 1919. Harry Cohn (1891-1958) nació en Nueva York, hijo de emigrantes alemanes y comenzó trabajando junto a su hermano en Universal Pictures. Como su propio nombre indica, Warner Brothers (Hermanos Warner) fue creada por cuatro de los hermanos Warner, Jack, Harry, Albert y Sam, que en 1919 fundaron la empresa West Coast Studios, germen del mítico estudio. Lo hermanos Warner, de apellido real Wonsal, Wonsan o Wonskolaser, según las fuentes, eran emigrantes judíos polacos provenientes de la localidad de Krasnosielc. En dicha ciudad nacieron: Harry Warner (1881-1958) como Hirsch Moses Wonsal, Albert Warner (1884-1967), nacido Abraham Wonsal, y Sam Warner (1887-1927), como Schmuel Wonsal. La familia emigró a Baltimore en un barco que zarpó de Hamburgo en 1889, si bien el padre de la saga, Benjamin Wolsal, zapatero de profesión, ya les había precedido en idéntico viaje en 1885 (otras fuentes señalan 1883). Al entrar en América, el patriarca, Benjamin, se cambió el apellido familiar por Warner, por miedo al antisemitismo que les había perseguido en Polonia, cuando ésta pertenecía al Imperio Ruso. De Baltimore fueron a Nueva York y de ahí emigraron a London (Canadá). En la localidad de London, de la región canadiense de Ontario, nacería el más joven de los cuatro Warner Brothers, Jack Warner, bautizado por sus padres, Benjamin Warner y Pearl Leah Eichelbaum, como Jack Leonard Warner (1892-1978).

En su extenso libro Neal Gabler se centra en las figuras mayores de seis hombres históricos: Adolph Zukor, Carl Laemmle, Samuel Goldwyn, Louis B. Mayer, Jack Warner y Harry Cohn. Ellos fueron los grandes fundadores de los grandes estudios. Todos eran emigrantes judíos americanizados, todos eran extremadamente pobres en su niñez y juventud, todos ignoraron o despreciaron a sus fracasados padres e idolatraron a sus amadas madres, cuya influencia emocional, mental y moral es decisiva en todos los casos (se podría escribir todo un libro sobre la absorbente impronta de las madres judías en los hombres de éxito de la modernidad, algo que Woody Allen ha sabido parodiar en algunas de sus películas). Todos eran ambiciosos, pero sus psicologías no podían ser más diferentes. Gabler bucea en las diversas memorias familiares y recoge anécdotas sobre ellos y su entorno laboral y familiar, espacios mezclados en bastantes ocasiones, que de otra forma habrían quedado enterradas en el pozo del olvido. Es uno de sus mayores logros, pero no el único. Gabler nos explica cómo acceden al mundo de la creación de películas, la producción cinematográfica. Existe la errónea creencia de que Hollywood se creó como unión de productoras, de que éstas se hicieron con el control de la distribución y, posteriormente, del de la exhibición (las salas de cine). Gabler revela al lector que el proceso fue justo a la inversa. Lo que hizo que aquellos emigrantes pobres creasen un imperio propio fue su conocimiento de la distribución comercial (retail), lo que les llevo a adquirir teatros, o a asociarse con sus propietarios (Samuel “Roxy” Rothafel, los hermanos Schenck, Sid Grauman…), que paulatinamente convirtieron de pequeños nickelodeones en majestuosas salas de cine, haciéndose proveedores de aquellos espacios, distribuyendo las cintas de celuloide. Al principio compraban películas europeas (en torno a 1910 más del 60% del cine que se consumía en Norteamérica era europeo) o a productores pequeños neoyorquinos, pero en seguida se percataron de que podían hacerlas ellos mismos. (En esto, como en casi todo, el primero fue Zukor, por otra parte el más longevo, pues vivió 101 años.) Era lógico que se diesen cuenta de que si producían ellos mismos las películas recortarían gastos y se quedarían con todos los márgenes, posibilitando el control total de una industria. Es decir, el modelo producción>distribución>exhibición se construyó siguiendo un orden inverso, exhibición>distribución>producción. Una vez que llegaron a gestionar la tercera fase (la producción, es decir, la creación de Hollywood entre 1911/12 y 1917 aproximadamente), pasaron a dominar toda la industria audiovisual. Probablemente sin ser plenamente conscientes de que estaban haciendo historia, construyendo la Historia, los Zukor, Mayer, Laemmle, Fox, Warner y compañía transformaron un entretenimiento de barraca de feria para las clases bajas y trabajadoras que exhibía cortometrajes (pues eso y no otra cosa fue el cine primitivo americano y europeo entre 1895 y 1907 aproximadamente, año en que “el público se estaba cansando de aquel juguete óptico que ofrecía siempre los mismos asuntos, idénticos melodramas o payasadas”, como nos relata con maestría Román Gubern en su obra magna: Historia del cine), en una poderosa industria que exhibía largometrajes para todas las clases sociales y todos los países, en especial para la emergente clase media americana, proyectándolos en unos grandes y lujosos teatros, reconvertidas en salas de cine espectaculares, que en nada tenían que envidiar a las salas de conciertos o los mejores teatros de Broadway. En 1973 nuestro historiador de cine más ilustre, Gubern, ya señalaba esta particularidad judaica del cine de Hollywood, si bien lo hacía tímidamente: “En manos de emigrantes judíos floreció el nuevo negocio, explotado a partir de 1901 en unos locales especializados, bautizados pronto con el nombre de Nickel-Odeons, porque su entrada valía invariablemente un níquel, es decir, cinco centavos. Curiosa personalidad la de estos empresarios hebreos, como Adolph Zukor, Carl Laemmle, William Fox y Marcus Loew, con biografías turbulentas y zigzagueantes todos ellos, pioneros en la industria del cine que no tardarán en enfrentarse con el colosal trust de Edison  y llegarán a convertirse más tarde en máximos gerifaltes de la poderosa industria de Hollywood.”[4]

El ansia de integración, la negación de sus raíces europeas que propició la idealización del modelo familiar y social americano a partir de unas ficciones que ellos mismos habían creado, en sus cabezas y en sus películas, la adoración de la vida en el Nuevo Mundo y la sensibilidad, como emigrantes pobres, por la nueva audiencia que se estaba creando –pues ellos mismos eran la audiencia–, unidos a una retahíla de fracasos previos en negocios de todo tipo (¡en todos los casos!) era lo que los unía, pese a ser todos ellos psicológicamente muy diferentes, en algunos casos incluso antagónicos, y, sobre todo, la suma de todo ello, lo que les permitió crear un modelo industrial nuevo, sin precedentes y en un tiempo récord. Un modelo que, guste o no, perdura más de un siglo después de su nacimiento. Aquellos pioneros eran muy trabajadores, osados, desconfiados, conservadores en el ámbito familiar (excepto Jack Warner) pero emprendedores y abiertos a los cambios en el campo profesional. Fueron perseverantes y valientes, pese a que se sentían discriminados por la élite WASP de la costa Este que los miraba, dicen, por encima del hombro. Desarraigados y con ansias de ser aceptados por América, una vez se hicieron muy ricos, en pocos años, ya no buscaban el poder o más riqueza, sino el prestigio que, “para los judíos de Hollywood lo era todo.”, como afirma Gabler. Algunos de ellos, para lograr ser aceptados, incluso renunciaron a su judaísmo religioso, como Harry Cohn, el temido mandamás de la Columbia.

El libro de Gabler evidencia que los manuales de Historia del Cine nos han contado casi siempre aquel pasado desde el mismo enfoque, el artístico, es decir, el de los directores y sus estrellas –actrices y actores– y, en el mejor de los casos, desde los que ideaban o adaptaban aquellas ficciones cinematográficas: los guionistas. Es habitual, desde la politique des auteurs –que surge en 1955 en la parisina Cahiers du Cinéma y cuya influjo se extiende por toda Europa y el mundo en los años sesenta–, presentar esta Historia como una lucha trufada de maniqueísmo, en el que los directores de talento deben bregar contra los despiadados productores que apenas se limitan a poner el dinero y pretenden coartar la libertad artística y creativa de los cineastas. Hoy sabemos que, aunque esto ocurría (los que más lo padecieron quizá fuesen Welles y Peckinpah) en la mayor parte de las ocasiones no fue exactamente así. La realidad histórica es siempre más compleja. El mérito del libro de Gabler –o uno de ellos– es narrar los orígenes de la industria del cine americano desde el punto de vista de los artífices principales, los creadores de los estudios, productores-distribuidores-exhibidores y propietarios de aquellas películas maravillosas. Creadores de una época y un concepto irrepetible, no sólo en la cultura de masas, sino en la historia cultural de la humanidad. Es casi imposible que, debido a las circunstancias históricas, incluidas las dos guerras mundiales, se vuelva a dar un éxodo que permita una unión de talentos como la que se juntó en Hollywood en las primeras décadas del siglo XX. Las decisiones de aquellos pioneros no fueron únicamente financieras o de contratación de aquellos talentos, sino que participaron de inicio a fin en el proceso creativo del cine, sin duda apasionante, arte industrial y colectivo.

Para los historiadores de cine nos resultan especialmente estimulantes los párrafos en donde se explican las aportaciones de lo pioneros judíos de Hollywood, que no sólo sacaron aquellos cortometrajes mudos de las barracas de feria para trasladarlos a nickeldeones y luego a lujosos teatros –lo que dignificaba el nuevo Arte ante las clases pudientes y lo intentaba igualar al teatro, ópera, ballet y demás artes escénicas–, sino que participaron activamente en las evoluciones técnicas, desde la creación de los primeros largometrajes de ficción[5], pasando por la producción del cine sonoro (Warner con El cantor de jazz, en 1927,  la Columbia con The Younger Generation, de Capra, filmada en 1928 y estrenada al año siguiente, etcétera) y la de la producción industrial del cine en color (con ejemplos coloreados en Reino Unido y Francia desde 1903). En 1916 Famous Players-Lasky produjo Joan the Woman, de DeMille, primer largometraje en color americano, que usaba su propia patente de coloreado, Handschiegl color process. Un año después se rueda en Technicolor el primer film americano íntegramente filmado en color, The Gulf Between (1917), de un tal Wrat Bartlett Phsysioc. Es el inicio de otra historia técnica increíble a la que los estudios dedicaron esfuerzos ímprobos.

Existió un caso paradójico de aquel Hollywood, pues es a la vez paradigmático y excepcional. El mayor productor de la Universal y luego de la Metro-Goldwyn-Mayer era un judío del Bronx, hijo de emigrantes judeo-germanos, su familia materna era dueña de unos grandes almacenes neoyorquinos. Se llamaba Irving Thalberg (1899-1936), conocido como “El príncipe de Hollywood” o “The Golden Boy”. Era y se comportaba como un príncipe, parecía deslizarse por encima de las cosas. DeMille le dijo de él a Lasky, que era “el chico es un genio”, idea que todos en Hollywood compartían. Su personalidad era magnética y fascinante. Su lema era no acatar nunca la propia opinión como la definitiva. Así, logró llegar más alto que nadie, más alto y más rápido de lo que nunca nadie ha podido llegar. Con veinte años ya era el número uno. Pese a su prematura muerte, con apenas treinta y siete años, entre 1920 y 1936 produjo más de noventa películas (y otras muchas más en las que no figuraba en los créditos por deseo expreso, pero que llevaban su sello inconfundible y sus múltiples gestiones), convirtiéndose en el arquetipo del productor hollywoodiense. Todos los pioneros del cine, ya fueran productores, propietarios, guionistas o estrellas, coinciden en que Thalberg no sólo fue el productor más talentoso de su tiempo, sino que marcó un antes y un después en la industria del cine, fue un genio con fama de no equivocarse nunca, que puso al productor al frente de las películas, por encima del nombre del director. Una situación que salvo algunas excepciones –Chaplin, Capra, DeMille o Hitchcock a partir de 1940– perviviría durante más de tres décadas. Él fue quien descubrió para el cine a los célebres Hermanos Marx, quizá los judíos más famosos del cine y del mundo del espectáculo en los inicios del sonoro. El premio Oscar especial al productor y/o director que más ha contribuido al desarrollo de la industria cinematográfica recibe su nombre: Irving G. Thalberg Memorial Award. Tal fue su importancia en la consolidación del Star System. La última novela del talentoso Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) fue The Last Tycoon (El último magnate, 1941), publicada póstuma; su protagonista Monroe Stahr está basado, con exactitud, en Thalberg, a quien Scott Fitzgerald conoció bien. Su antagonista novelesco, Pat Brady, se inspiraba a su vez en Louis B. Mayer. El título de este libro, An empire of their own (Un imperio propio), lo extrajo Neal Gabler de una frase de la novela El último magnate. Un libro muy popular en Estados Unidos. Elia Kazan lo adaptó al cine en 1976, producido por Sam Spiegel, en el gran film homónimo, protagonizado por Robert De Niro y que contaba con actores de la talla de Robert Mitchum, Tony Curtis, Jack Nicholson y Jeanne Moreau.

 

Productores judíos de Hollywood

Por el libro de Gabler van apareciendo historias de directores como Griffith, Hawks, Billy Wilder o Frank Capra, además de múltiples estrellas de cine, algunas de ellas de ascendencia judía. También desfilan directivos judíos y productores ejecutivos que marcaron el devenir de Hollywood, como Isadore “Dore” Schary (1905-1980), que pasó por MGM, luego por la productora de Selznick, más tarde RKO y acabó de mandamás de la Metro en una segunda etapa. También se cita a David Sarnoff (1891-1971), natural del pueblo bielorruso de Uzlyany, que llegó a Nueva York en 1900 con nueve años, junto a su madre, sus tres hermanos y una hermana. Apodado The General, Sarnoff fundó en 1919 la Radio Corporation of America (RCA), montando las primeras emisoras de radio del país y  aportando la tecnología sonora de El cantor de jazz (en acuerdo con Warner Bros.). Nueve años más tarde, en 1928, en el inicio de la era del cine sonoro, Sarnoff cofundó la productora y distribuidora RKO Pictures, RKO (Radio-Keith-Orpheum), que pervivió hasta 1959 y durante treinta años logró plantar cara a las majors de Hollywood con películas tan atractivas como King Kong o Ciudadano Kane. Durante los inicios del sonoro destacó otro productor de origen judeo-húngaro, Joe Pasternak (1901-1991), nacido en Szilágysomlyó, entonces tierras húngaras (hoy la ciudad se llama Șimleu Silvaniei y pertenece a Rumanía). Pasternak fue productor en Alemania, con veinte películas a su cargo entre 1929 y 1934, año en que se asentó en Estados Unidos, donde se especializó en comedias y musicales. En Hollywood, Pasternak produjo ochenta largometrajes entre 1934 y 1968, entre los que destaca la mítica comedia musical Levando anclas (1945), de George Sidney, con Gene Kelly y Frank Sinatra. También aparece varias veces en el libro Walter Wanger (1894-1968), nacido Walter Feuchtwanger en el seno de un matrimonio de judíos alemanes radicados en San Francisco. Wanger entró en la Paramount de la mano de Jesse Lasky y en seguida se hizo un nombre. En 1931 Harry Cohn lo fichó para Columbia. Fue uno de los grandes productores ejecutivos del cine de los años treinta y cuarenta. Se le acreditan sesenta u ocho películas (supervisó muchas más) y se retiró del cine tras el fracaso económico de una obra maestra de Mankiewicz, Cleopatra (1963), que había comenzado a dirigir Rouben Mamoulian y que contaba con la pareja estelar (dentro y fuera de la pantalla) de Liz Taylor y Richard Burton. Gabler incluye también diversas declaraciones de un testigo de primera mano de aquellos años dorados, Milton Sperling (1912-1988), otro avispado guionista judío que en seguida se hizo productor ejecutivo y que tuvo una larga carrera. Sperling fue productor y guionista de una obra maestra del cine bélico titulada Objetivo Birmania (Merrill’s Marauders, 1962), de Sam Fuller, que algunos despistados confunden en su título español con Objetivo Birmania (Objective, Burma!, 1945), de Raoul Walsh.

Formado en MGM, Paramount y la RKO, David O. Selznick (1902-1965) era hijo de un distribuidor de películas y posterior productor, Lewis J. Selznick (1870-1933), judío ucraniano, y de Florence A. Sachs, también judía. En el año 1930 David O. Selznick se casó con la hija del gran magnate Louis B. Mayer, Irene Gladys Mayer, y su vida cambió. Selznick se convirtió por derecho propio en el mayor productor independiente de Hollywood.  Él fue quien llevó a Hollywood a directores europeos como Alfred Hitchcock, o a estrellas en ciernes como Ingrid Bergman o Vivien Leigh. Entre sus muchos logros figura uno con mayúsculas: fue el artífice de Lo que el viento se llevó. David O. Selznick produjo más de ochenta películas entre 1923 y 1957, éntre las que destacan, además de Lo que el viento se llevó, algunas de las mayores obras maestra del cine clásico norteamericano: King Kong (1933), Anna Karenina (1935), Ha nacido una estrella (1937), La reina de Nueva York (1937), El prisionero de Zenda (1937), Rebeca (1940), Recuerda (1945), Duelo al sol (1947), Jennie (1948), El tercer hombre (1949), Corazón salvaje-Gone to Earth (1950) y Estación Termini (1953), entre otras maravillas del séptimo arte.

Casi nadie asocia a la cultura hebrea a Cecil B. DeMille (1881-1959), pues de adulto al parecer fue un cristiano devoto. DeMille descendía de judíos británico-alemanes por rama materna, tanto askenazíes como sefardíes. Su madre,  Matilda Beatrice Samuel, judía inglesa, emigró de Inglaterra a Nueva York en 1871. Era prima del vizconde Herbert Louis Samuel (1870-1973), político del partido Liberal, el primer judío practicante miembro del gabinete del Primer Ministro (en dos etapas, con Herbert Henry Asquith de 1909 a 1916 y con Ramsay MacDonald en 1931-1932). Samuel fue un destacado sionista y llegó a ser el Alto Comisionado de Palestina (1920-1925), cuando este territorio, antiguamente otomano, era protectorado bajo mandato del Imperio Británico. Cecil B. DeMille, ejemplo paradigmático del productor-director hollywoodiense, es conocido por sus películas bíblicas, tanto mudas como sonoras (en especial por su auto-remake de Los diez mandamientos, en 1956), que contribuyeron como ningún otro a la divulgación universal de las sagradas escrituras hebreas y arameas en todo el mundo. Aunque su madre se convirtió al protestantismo episcopaliano para poder casarse con Henry Churchill de Mille (1853-1893), padre del director y productor, Cecil B. DeMille siempre tuvo presentes sus orígenes familiares judíos y su amor por la tierra de Israel y su historia ancestral.

Siempre a la sombra de William Fox, su mano derecha de facto, Sol Wurtzel, nacido Solomon Max Wurtzel (1890–1958), fue uno de los grandes productores pioneros de Hollywood. Estando todavía en Nueva York, Fox lo mandó a Los Ángeles en 1917 para fundar los estudios Fox Film Corporation. Wurtzel tiene el privilegio en la Historia del cine de ser el descubridor de nada menos que del director John Ford o al actor de westerns hoy olvidado Will Rogers. (A ambos les produjo, años más tarde, ya en pleno sonoro, esa maravilla titulada El juez Priest, 1934). En los años treinta, como máximo responsable de las películas serie B del estudio, apadrinó a Otto Preminger, también dio la primera oportunidad en 1935 a Rita Cansino en Dante’s Inferno, a la que luego cambiarían el nombre por Rita Hayworth. En 1947 Wurtzel contrató como extra y actriz secundaria a una joven llamada Norma Jean Baker (nacida Mortenson) a la que luego cambiaron el nombre por el de Marilyn Monroe. El resto es leyenda. Wurtzel, en fin, produjo cientos de películas, casi todas serie B y, entre 1919 y 1949 su nombre figuró en 167 largometrajes. Su hijo y otros familiares también formaron parte del estudio, siempre el mismo: Fox.

El productor de Casablanca, considera la película más mítica de la Historia, fue Hal B. Wallis, responsable de producción de la productora Warner Brothers durante su período clásico. Nacido en Chicago como Harold Brent Wallis (1898-1986), su apellido original era Walinsky, pues era hijo de un matrimonio de judíos europeos, Jacob Walinsky y Eva Blum. Con más de cuatrocientas películas producidas, su nombre está asociado a medio siglo de Hollywood, siendo productor, además de la citada Casablanca, de obras del calibre de  Robin de los bosques (1938), El halcón maltés (1941), Murieron con las botas puestas (1941) o Duelo de titanes (1957). Bette Davis, Bogart, Errol Flynn o Katherine Hepburn, entre muchos otros, le deben sus primeros éxitos a Wallis, quien años más tarde lanzó las carreras de Jerry Lewis, Dean Martin o Elvis Presley en el cine.

John Houseman (1902-1988) fue el productor que financió gran parte de la carrera del genio Orson Welles, primero en los teatros de Broadway, a través de la compañía teatral más innovadora de Norteamérica en los años treinta, The Mercury Theatre, luego en la radio (incluido el gran éxito radiofónico La guerra de los mundos, con el célebre pánico colectivo que ya es historia), y luego en el cine, con el debut más relevante de la Historia del Cine, Ciudadano Kane (1941). En el Reino Unido creían que era norteamericano, pues su carrera la hizo allí, en Estados Unidos que era británico, pues su madre era británica (aunque de orígenes checos e irlandeses), sin embargo, Houseman nació en Bucarest, y era un judío rumano, de nombre real Jacques Haussmann. Ciudadano Kane narra la vida privada de Charles Foster Kane, como es sabido trasunto de William Randolph Hearst, el magnate de la prensa amarilla de ideología conservadora. Hearst trató por todos los medios de boicotear la película, no sólo su estreno sino que exigió a los dueños de los estudios de Hollywood (todos ellos judíos a excepción de Walt Disney) que destruyesen las copias originales, que las quemasen. Incluso, al más puro estilo antisemita (como hiciera el magnate del automóvil Henry Ford promoviendo Los protocolos de los sabios de Sión) amenazó con una campaña difamatoria en la que se insinuase al público norteamericano de a pie que Hollywood estaba en manos de judíos y rojos (algo que recoge magníficamente una secuencia entre Louis Meyer y W.R. Hearst en la película RKO 281. La batalla por Ciudadano Kane, dirigida por Benjamin Ross y protagonizada por Liev Schreiber, ambos, por cierto, también judíos). Hearst utilizó y pagó a la célebre columnista de cotilleos Louella Parsons para que atacase a Welles, a la RKO y a la película, desde su espacio en dos periódicos del magnate, Chicago Record Herald y Los Angeles Examiner. Louella Parsons, acaso la columnista más leída de América acerca de la vida privada de las estrellas de Hollywood, y desde luego la mejor informada, también era, casualmente, judía, su nombre real era Louella Rose Oettinger Stein. Esto no le impidió trabajar con un ultraconversador antisemita como William Randolph Hearst y atacar a los mismos productores judíos que antes la habían apoyado. Finalmente la película se estrenó con casi un año de retraso, en 1941, pero fue un gran fracaso de taquilla. Hasta el punto que le costó el puesto al productor ejecutivo de RKO que pagó la película, George Schaefer. Además de Houseman, Ciudadano Kane tiene una presencia importante de judíos, la película fue escrita por el talentoso Herman J. Mankiewicz, la música la compuso Bernard Herrmann, quizá el más grande compositor de cine junto a Max Steiner (también judío), y el productor ejecutivo fue Pandro S. Berman, un futuro gran productor de Hollywood.

Para gran parte de los historiadores de cine, la única película que logró desbancar en 2012 a Ciudadano Kane como “mejor film de la Historia” es Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock. La mayor parte de esta película magistral fue escrita por el dramaturgo nacido en Chicago pero afincado en San Francisco (lugar donde transcurre la película) Samuel A. Taylor, escritor judío de nombre real Samuel Albert Tanenbaum (1912-2000). Este guionista y dramaturgo fue autor de la célebre obra original Sabrina, adaptada al cine por Billy Wilder en 1954, así como de la magistral pieza Avanti!, representada en Broadway en 1968 y que el mismo Wilder adaptó al cine en 1972 (en España estrenada con el absurdo título de ¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre?).

Otro de los grandes productores del Hollywood clásico fue Edward Small (1891-1977), nacido Edward Schmalheiser, fruto de un matrimonio judío de la Mitteleuropa, afincado en Brooklyn, su padre austriaco, Philip Schmalheiser y su madre, Rose Lewin, prusiana.[6] Small, hombre muy despierto para los negocios, comenzó como agente de actores, pero en seguida dejó Nueva York y marchó a Los Ángeles, en donde fundó en 1932 Reliance Pictures, junto al mítico Joseph Schenck (1878– 1961), nacido en Rusia, y un tercer socio, Harry M. Goetz. Los tres eran judíos. Edward Small produjo directamente más de setenta películas, en un amplio período de tiempo, desde 1927 hasta 1970. Las más recordadas y logradas son sus películas de época, en los años treinta, entre las que sobresalen El conde de Montecristo (1934), El último mohicano (1936) o La máscara de hierro (1939), objeto de remakes y continuaciones.

Hoy ha caído en cierto olvido el productor William Goetz (1903-1969), responsable de una sesenta películas entre 1930 y 1966, entre las que destacaron  El hombre de Laramie (1955), Sayonara (1957), Incidente en Ox-Bown (1953), La llamada de la selva (1935) y Alma rebelde (1943). Goetz nació en Philadelphia, en una familia judía trabajadora de clase media-baja, siendo el menor de ocho hermanos. Bill Goetz comenzó en Fox Films en 1930,  año en que se casó con Edith Mayer (1905–1988), hija del magnate Louis B. Mayer. En 1932 Goetz fue uno de los fundadores de Twentieh Century Pictures, que acabaría fusionándose en la Twentieh Century Fox (TCF). Tras dejar la vicepresidencia de la Fox fue jefe de producción de Universal-International, al tiempo que se hacía filántropo de la causa política demócrata. Su gran pasión fue el coleccionismo de arte, convirtiéndose en uno de los mayores coleccionistas privados de América en pintura impresionista y postimpresionista.

El productor más influyente de la historia del cine de terror, Val Lewton (1904-1951), no era de origen anglosajón como se creía, sino un judío ucraniano. En la década de 1940 produjo para la RKO once películas clásicas del género, las más famosas dirigidas por Jacques Tourneur (La mujer pantera, El hombre leopardo, Yo anduve con un zombie), que marcaron un antes y un después en el cine fantástico mundial. En tiempos del Imperio Ruso nació en Yalta, como Vladimir Ivan Leventon, hijo de un prestamista judío, Max Hofschneider y de Nina Leventon, hija de un farmacéutico también hebreo. Val Lewton era sobrino carnal por línea materna de la célebre actriz rusa Alla Nazimova, nacida Miriam Edez Adelaida Leventon. También judía de Yalta, ciudad que albergó una importante colonia judaica, Nazimova fue una de las actrices teatrales más importantes del Imperio Ruso, alumna del maestro Constantin Stanislavski en el Teatro del Arte de Moscú.

En el cine policiaco clásico o noir, también fue su principal productor un judío, el culto Mark Hellinger (1903-1947), quien creó y afianzó este género desde 1939 hasta su muerte. Fuerza bruta (1947) y La ciudad desnuda (1948), ambas de Jules Dassin, fueron sus últimas producciones, la última de ellas póstuma. También fue productor teatral de prestigio en Broadway y, en sus inicios, un influyente periodista y columnista. Hellinger nació y creció dentro de una familia judía ortodoxa de Nueva York.

Y, continuando con el noir, una de las mayores obras maestras del cine negro fue Touch of evil (1958), en España estrenada como Sed de mal y que es, a mi juicio, la obra más perfecta y estilísticamente acabada del genio Orson Welles, ahí es nada. Su productor fue Albert Zugsmith (1910-1993), judío nacido en Atlantic City que comenzó como periodista y distribuidor de cine de serie B, además de ejercer diversos puestos para Howard Hugues en la RKO. En los años cincuenta se fue haciendo un nombre como productor y también como director-guionista, en especial para Universal Pictures. Entre las treinta y seis películas que produjo entre 1952 y 1958 destacan El increíble hombre menguante (1957), cinta de ciencia ficción de culto dirigida por Jack Arnold y Ángeles sin brillo (1957), melodrama del gran Douglas Sirk. Albert Zugsmith era hermano de Leane Zugsmith (1903-1969), novelista feminista que gozó de gran prestigio en los años treinta especialmente.

Otro judío neoyorquino que destacó en el cine de Hollywood como productor exitoso fue Sol C. Siegel (1902-1982), quien produjo entre 1936 y 1968 más de cien películas en poco más de treinta años. Los caballeros las prefieren rubias (1953), Carta a tres esposas (1949), Me siento rejuvenecer (1952) o El príncipe de los zorros (1949), fueron algunas de sus mejores producciones cinematográficas.

Coetáneo de todos ellos, pero hoy menos recordado, fue William Perlberg (1900-1968), nacido en Lodz, Polonia, como Wolf Perelberg y emigrado a Estados Unidos con su familia en 1905. A finales de los años veinte comenzó como agente de talentos de la agencia William Morris y en seguida fue contratado por el magnate Harry Cohn como asistente personal. A mediados de los años treinta se inició como productor, una carrera que se resume en sesenta películas producidas entre 1936 y 1964, entre las que cabe señalar El hijo de la furia (1942),  La canción de Bernadette (1943), De ilusión también se vive (1947) y el western Cazador de forajidos (1957). Pese a la buena acogida de sus films, nunca ganó el Oscar con sus películas, en una época de altísima competencia.

Uno de los productores más importantes de la Historia del cine fue, sin ningún género de duda, Sam Spiegel (1901–1985)[7], nacido en Jaroslaw, localidad de la Galitzia polaca que, por entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro. De padre germano y madre polaca, ambos judíos, estudia en la Universidad de Viena, en donde su hermano Shalom Spiegel impartía clases de poesía hebrea medieval. Su familia le educó en el sionismo, algo que defendió durante toda su vida. Tras su primer viaje a Hollywood en 1927, visita Palestina, retorna a Europa y se instala en Berlín, en donde produce sus primeros films, incluidas obras en Francia. Huye de Alemania en 1933 con la llegada del nazismo. Tras pasar por México llega a Hollywood y con el seudónimo de  S. P. Eagle produce importantes películas de bajo presupuesto de directores importantes como Orson Welles –El extranjero–, Joseph Losey –El merodeador– o John Huston –La reina de África–. Hombre culto, cosmopolita y políglota (hablaba siete idiomas con fluidez), su carrera da un salto al producirle a Elia Kazan la comprometida La ley del silencio (1954), con la que gana el Oscar. Luego vendrían las dos películas más exitosas de David Lean –El puente sobre el río Kwai y Lawrence de Arabia–, junto a grandes películas tanto en Europa como en Hollywood, caso de La jungla humana (1966), de Arthur Penn a La noche de los generales (1967), del también judío Anatole Litvak, de claros componentes autobiográficos, pues narra la llamada “noche de los cristales rotos”. Su última gran película fue la citada El último magnate (The Last Tycoon, 1976) de Elia Kazan, sobre un guión de Harold Pinter que adaptaba la novela homónima de Francis Scott Fitzgerald. Spiegel fue un convencido sionista, y no sólo en la teoría sino en la práctica, con las enormes sumas de dinero que logró con sus películas contribuyó de su propio bolsillo a financiar la creación del Estado de Israel, se granjeó la amistad de políticos israelíes como Golda Meir o Ariel Sharon. Tras su muerte. Spiegel donó todos sus fondos audiovisuales al Estado de Israel, motivo por el cual la Escuela Oficial de Cine y Televisión de Jerusalén lleva su nombre (The Sam Spiegel Film & Television School).

Un caso singular fue el del otrora célebre Michael Todd (1909-1958), nacido Avrom Hirsch Goldbogen en una muy pobre familia judía polaca: el padre, Chaim Goldbogen, rabino ortodoxo y su madre, Sophia Hellerman, emigraron a Estados Unidos para evitar los pogromos es decir, los asesinatos y violaciones del ejército ruso a los judíos orientales. Mike Todd nació en Minneápolis, pero se crió en Chicago, a donde se trasladaron en 1918. Trasladado luego a Nueva York, de la nada se convirtió en un gran productor teatral en Broadway, a partir de 1939, con apenas treinta años. Durante dos décadas se convirtió en uno de los hombres más influyentes y poderosos del teatro americano. Su salto a Hollywood se produjo en 1956, cuando produjo la célebre adaptación de Julio Verne, La vuelta al mundo en ochenta días (1956), que logró cinco Oscar, incluído el de Mejor Película que recogió Todd. Ha sido la única vez en la historia del cine que un productor novel recibe el Oscar por su primera película. Y única habría que decir. Tras su matrimonio con Liz Taylor en 1957, al año siguiente fallece en un desgraciado accidente de aviación. Sin embargo, el nombre de este emprendedor hebreo pasará a la historia del audiovisual por otros motivos: en 1950 fue uno de los tres creadores y propietarios del sistema Cinerama, formato de visionado de cine más horizontal, y, más tarde, del sistema Todd-AO, mucho más horizontal, con un ratio de pantalla de 2.20:1. La compañía resultante se llamó exactamente igual y continúa existiendo, especializada en postproducción de sonido. De hecho, es la más premiada, diecinueve películas suyas han ganado el Oscar al Mejor Sonido y muchas más han sido nominadas. Todd-AO fue comprada por CSS Studios y su actual presidente y propietario mayoritario es el empresario Robert C. Rosenthal, también de origen judío.

Otro caso algo peculiar es el de Samuel Bronston, el mítico productor de cine afincado en España. Bronston, que no tuvo mucha suerte como productor en el Hollywood de los años cuarenta y cincuenta, quiso montar su propio Hollywood en Madrid, durante los primeros años sesenta, con el apoyo del régimen franquista, que incluso prestaba soldados que hacían de extras en sus superproducciones. Si el dictador Franco, neurótico obsesionado con la célebre falacia del contubernio judeo-masónico-bolchevique, supiese que Bronston no era ni estadounidense ni anglosajón sino de origen judío-ruso es posible que no le hubiese permitido construir en Las Rozas, a las afueras de Madrid, el mayor decorado de la Historia del Cine. Y si el general fascista supiese que el nombre real de Bronston era Schmul (Samuil) Bronschtein y que su padre era hermano del mismísimo Leon Trotsky, entonces es casi seguro que ni le hubiese dejado entrar en el país. Pero así es, por increíble que pueda parecer Bronston era sobrino carnal del célebre teórico comunista, nacido Lev Davidovich Bronschtein. Bronston nació en Chisinau, Bessaravia (actualmente Moldavia) en 1908, cuando en el Imperio Ruso la ultraderecha comenzó a perseguir a los judíos mediante los tristemente célebres pogromos. Huyendo de aquellas execrables matanzas, su familia emigró a París, donde él curso estudios en La Sorbona, y posteriormente a Estados Unidos, como tantos otros judíos refugiados que huían del nazismo en la Francia ocupada. Tras ejercer de productor de segunda fila en Hollywood, recala en Madrid en 1959, construyendo en Las Rozas los estudios cinematográficos más grandes de la tierra. El resto es historia. Las cinco películas que filmó aquí dieron la vuelta al mundo. Su primera película autorizada para ser filmada en España, Rey de reyes (1961), de Nicholas Ray, trataba de la vida de Jesucristo, sin que los dirigentes nacional-católicos españoles sospechasen siquiera que detrás de ella estaba no un cristiano, sino un judío emparentado con tan célebre comunista. A esta obra siguieron la popular El Cid (1961), de Anthony Mann, la excelente 55 días en Pekín (1963), de Nick Ray, La caída del Imperio Romano (1964), con el decorado más grande jamás construido, de Anthony Mann y El fabuloso mundo del circo (1964), de Henry Hathaway. Luego las cosas se torcieron y ya nunca fueron lo mismo. Tras dos décadas de Alzheimer, fallece en Sacramento en 1994, aunque, cumpliando su última voluntad, su cuerpo es incinerado y sus cenizas esparcidas por su queridas tierras de Las Rozas.

Otro de los productores más sobresalientes del cine norteamericano fue el legendario Arthur B. Krim (1910-1994). Financió y distribuyó más de mil largometrajes en un arco cronológico de más de cuarenta años, primero como fundador y presidente de Eagle-Lion Films (1946-1949), luego como el Presidente de la influyente United Artists (1951-1978), fundada en 1919 por Douglas Fairbanks, Mary Pickford, Charles Chaplin y D.W. Griffith, en donde pasó sus años de gloria y, posteriormente en su compañía Orion Pictures (1978-1992), que dirigió hasta poco antes de morir. Desde las décadas de los cuarenta y cincuenta, Krim posibilitó la existencia de productores independientes, muchos de ellos actores o directores lanzados a la producción, que vendían luego sus films a las majors de Hollywood pero que, de facto, las creaban al margen de los grandes estudios, es decir, sin ser asalariados. Sin embargo, nunca puso su nombre detrás de una película, no ya como productor, ni siquiera como coproductor o productor ejecutivo. Krim nació en la casa de sus abuelos, en Harlem, Nueva York, hijo de un matrimonio de judíos rusos. Su padre Morris Krim llegó a Estados Unidos a los quince años de edad, proveniente del shtetl de Borispol (actualmente Ucrania) en el Imperio Ruso. Su madre, costurera de profesión, también llegó siendo adolescente desde Rusia. Tras vivir en Nueva York, el matrimonio Krim se mudó a Lakewood (Nueva Jersey) y Mount Vernon (Estado de Nueva York) después. El pequeño Arthur Krim fue un niño que destacó en casi todas las actividades que realizó, no sólo en los estudios, también en deportes como el béisbol o en música –dicen que fue un gran trompetista–. Se matriculó en la universidad en Columbia College y cursó estudios de Historia, Filosofía y Literatura Inglesa, siendo el líder en todas las clases de debate. Después cursó Derecho y, al tiempo que fue Editor Jefe de la revista jurídica universitaria de Columbia, Law Review, se licenció en Derecho como el número uno de su promoción. Tras servir tres años como abogado militar en la Segunda Guerra Mundial, destinado en el Pacífico, con una labor al parecer destacadísima, es fichado en 1945 como abogado en la prestigiosa firma de Phillips & Nizer, un bufete especializado en escritores y artistas. Así, Krim entra en contacto con el mundo del espectáculo. Primero con el New York’s Group Theater, actores y dramaturgos, y poco después con las gentes del cine. En 1951 Robert Benjamin, su socio en el bufete, le transfiere la propiedad de la United Artists al borde de la bancarrota. Krim, un auténtico cerebro polifacético que domina todos los aspectos del cine, como industria y entretenimiento, pero también como arte, no sólo logra salvar la compañía, sino que cambia la forma de producción, distribución y venta de las películas, y durante tres décadas cambia el curso de la Historia del Cine Norteamericano. No es que Krim propiciase el ocaso de los grandes estudios de Hollywood, que fueron languideciendo en los años 50 y 60/70 por la influencia creciente de la televisión estadounidense, sino porque fue el primero que supo ver los cambios que se  avecinaban, anticipándose a estos. Así, productores independientes como Stanley Kramer, Sam Spiegel, los hermanos Mirisch o Joseph E. Levine, encontraron salida a sus películas y otros directores pudieron financiar sus películas al margen de los grandes estudios. Gracias al apoyo de Krim a John Huston, con contratos de distribución de su minúscula productora Horizon Productions, se pudieron hacer películas hoy tan míticas como La reina de África (1951) o Moulin Rouge (1952), que contaba la vida del pintor Toulouse-Lautrec. Krim posibilitó el retorno de Charles Chaplin al cine con Candilejas (1952), obra maestra imperecedera; produjo Marty (1955), escrita por Paddy Chayefsky y dirigida por Delbert Mann, siendo la primera película proveniente del mundo de la televisión que lograba el Oscar a la Mejor Película; financió Espartaco (1960), producida e interpretada por Kirk Douglas y que fue comenzada por Anthony Mann y continuada por Stanley Kubrick, gracias a un soberbio guión de Dalton Trumbo, cuyo nombre en los créditos, gracias a la propuesta de Douglas que Krim aceptó, suposo el fin de las listas negras del macartismo. Dotado de un ojo infalible, en los años sesenta Krim financió y distribuyó lo más exitosos llegado de Europa, desde las películas de los Beatles a la serie de James Bond, pasando por la trilogía de spaghetti westerns de Sergio Leone que convirtieron a Clint Eastwood en una estrella en su propio país. El graduado, En el calor de la noche o el musical El violinista en el tejado fueron algunos éxitos que sin la figura de Krim posiblemente nunca hubiesen sido posibles. Además, innovó en la producción de un sinnúmero de series televisivas de los años 60 y 70. Su mano derecha, desde 1951 a 1978 fue Eric Pleskow (Viena, 1924), judío austriaco emigrado a Estados Unidos tras la Anschluss, la anexión de Austria por la Alemania nazi de Hitler. Krim aupó a Pleskow como presidente en 1973 y los éxitos continuaron en United Artists: tres Oscar seguidos a la mejor película, Alguien voló sobre el nido del cuco, Rocky y Annie Hall, de Milos Forman, John G. Avildsen y Woody Allen respectivamente. Pero en 1978, por unas desavenencias financieras, Krim, Pleskow y Robert S. Benjamin, el Director Financiero, abandonaron United Artists y fundaron Orion Pictures. En 1979 se filmó La puerta del cielo, de Michael Cimino, que en 1980 se llevó el mayor batacazo de taquilla de la historia de la industria –en relación a su elevado coste– y que produjo la quiebra de la compañía. Un fiasco sin precedentes. Jamás una sola película había desatado la ruina de toda una empresa. Fueron muchos los que pensaron entonces que eso jamás habría pasado con Krim al frente. O con su socio y amigo Pleskow. En 1980 el magnate Kirk Kerkorian, de origen armenio y dueño de la MGM, compró la United Artists,  pero las cosas no mejoraron. En 1985 puso al frente a Jerry Weintraub, pero las cosas no mejoraron ni con la compra de Ted Turner de MGM/UA. En ese mismo año de 1985 Krim impulsó, junto a su mujer Mathilde la creación de amFAR, The Foundation for AIDS Research (Fundación para la Investigación sobre el Sida). Mathilde Krim nació en 1926 como Mathilde Galland en Como, Italia, de padre suizo protestante y madre italiana católica. Mathilde Krim es doctora, científica e investigadora médica, formada en la Universidad de Ginebra, en el Instituto Weizmann de Ciencias (Rehovot, Israel) y en la Universidad de Cornell. Una de las mayores investigadoras en la lucha contra el cáncer y, durante más de treinta años, la mayor impulsora privada del mundo en la lucha contra el SIDA, pues más de veinte años después de fallecer su marido, continuó al frente de AamFAR. Mathilde se convirtió al judaísmo muy joven y fue una sionista muy activa, mucho más que su marido, judío de nacimiento, hasta el punto de que participó en el Irgun, el movimiento de resistencia político-militar previo a la creación de Israel que lideró Menachem Begin (1913-1992). El matrimonio Krim ha realizado siempre generosos donativos al Estado de Israel desde su fundación. Arthur Krim fue un hombre de gran influencia en los Estados Unidos, y no únicamente en el mundo del cine o del Derecho, también en el ámbito político, siendo un destacado miembro del Partido Demócrata y benefactor, y asesor personal de tres presidentes norteamericanos progresistas, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y Jimmy Carter.

Este repaso a United Artists, nos da pie a mencionar a Jerry Weintraub (Brooklyn, 1937), el que fuera fugaz presidente de la compañía durante su languidez  en los años ochenta. Weintraub fue otro productor de éxito en la industria del entretenimiento. Y como muchos de ellos, también hijo de emigrantes judíos. Su padre era distribuidor de piedras preciosas. Su caso es más peculiar porque ha compaginado durante medio siglo la producción en el mundo del cine y de la música. Dentro de este último ámbito, Weintraub comenzó como manager o promotor de conciertos desde los años sesenta y setenta, de cantantes tan conocidos como Elvis Presley, Frank Sinatra, Neil Diamond o grupos de enorme talla como Led Zeppelin, The Moody Blues o The Carpenters, entre otros. En el cine se inicia como productor a mediados de los setenta, con Nashville, en 1975, la gran película de Robert Altman. Desde entonces ha producido medio centenar de películas, entre las que destacan éxitos de taquilla como  Karate Kid (1984) o la saga de Ocean’s Eleven. Durante décadas Jerry Weintraub ha realizado una importante actividad filantrópica en el mundo del arte y los museos, la música y la ayuda a la infancia. También ha sido fiel a sus raíces y creencias, donando grandes sumas de dinero a Chabad (Jabad-Lubavitch), una organización judía jasídica con más de dos siglos de historia, con sede en su Brooklyn natal, en Nueva York.

Según numerosos historiadores y críticos, entre ellos Bertrand Tavernier y Jean Pierre Coursodon, expertos en la Historia del cine norteamericano, el productor más destacado de la Universal Pictures durante las décadas de 1950 y 1960 fue  Ross Hunter (1920-1996), responsable de casi medio centenar de películas entre 1951 y 1979. Su lugar en la Historia lo ocupa por producir las grandes obras maestras melodramáticas de Douglas Sirk en los años cincuenta y primeros sesenta, aunque su presencia en la cultura popular de masas se la debe a ser el responsable de Aeropuerto (1970), film que abriría el llamado “subgénero de catástrofes”, que, pese a su baja calidad, aún perdura en la industria con excelentes resultados monetarios. Hunter siempre trató de ocultar en Hollywood dos cosas que, al parecer, le avergonzaban, una era su homosexualidad, la otra su origen judío. En efecto, después de muerto se supo era judío y que había nacido en Cleveland bajo el nombre de Martin Fuss. Sin embargo, en vida, hizo guiños sutiles a sus orígenes. Así, durante el rodaje del gran western Cochise (Taza, Son of Cochise, 1954, Douglas Sirk), los responsables del estudio se percataron extrañados de que todos los actores que encarnaban a  indios apaches chiricahuas  “parecía judíos”, comenzando por el que interpretaba al jefe Cochise, el actor Jeff Chandler que efectivamente también era judío y se llamaba en realidad Ira Grossel.[8]

Entre 1948 y 1974, Aaron Rosenberg (1912-1979) produjo más de sesenta películas de alta calidad, pese a que nunca logró el ansiado Oscar. Su película más conocida es El motín del Caine (1962), aunque sus mejores trabajos como productor son, a mi entender, junto a Raoul Walsh en El mundo en sus manos (1952) y junto a Anthony Mann en Winchester 73 (1950), cimas absolutas del cine de aventuras y del western. Gran productor del cine de género más granado de los años cincuenta, pues brilló especialmente en esa década, Aaron Rosenberg es uno de esos productores injustamente olvidados no ya por los espectadores, sino incluso por los críticos de cine.

Caso parecido es el de Jerry Wald (1911-1962), nacido Jerome Irving Wald en el seno de un matrimonio judío de Brooklyn, productor de casi setenta películas en la llamada etapa clásica del cine sonoro, la que va de 1939 hasta 1962, año de su repentino fallecimiento cuando apenas tenía cincuenta años. Jerry Wald fue, desde 1932, guionista de más de cuarenta films; escribió algunas de las mejores películas de Raoul Walsh, como Los violentos años veinte (1939) o Pasión ciega (1940), entre otras. Como productor, fue coartífice de obras maestras de Michael Curtiz, como Alma en suplicio (1945), Flamingo Road (1949) o El trompetista (1950), de John Huston en Cayo Largo (1948), Nicholas Ray en Hombres errantes (1952) y Leo McCarey en su propio remake Tú y yo (1957), cima del cine romántico que incluso supera su versión original.

Adelantándonos hacia los años sesenta, el productor de películas tan conocidas como Camas separadas (Arthur Hiller, 1963), La americanización de Emily  (Arthur Hiller, 1964), El rey del juego (Norman Jewison, 1965), Castillos en la arena (Vicente Minnelli, 1965), la obra maestra El baile de los vampiros (Roman Polanski, 1967), No hagan olas (Alexander Mackendrick, 1967), A las nueve cada noche (Jack Clayton, 1967), Estación polar Cebra (John Sturges, 1968), La fortaleza (Sidney Pollack, 1969), Hamlet (Tony Richardson, 1969), Trampa-22 (Mike Nichols, 1970), la extraordinaria El estrangulador de Rillington Place (Richard Fleischer, 1971), Terror ciego (Richard Fleischer, 1971), Salvad al tigre (John G. Avildsen, 1973) o la entretenida El expreso de Chicago (Arthur Hiller, 1976), fue el infame Martin Ransohoff (Nueva Orleáns, 1926). Ransohoff era famoso por mutilar los montajes de grandes cineastas para, en teoría, hacerlas más comerciales, cosa que no siempre lograba. Aunque durante tres lustros trabajó con los mejores, tanto en Reino Unido como en América, a través de su propia productora Filmways Pictures, de la que fue propietario entre 1960 y 1972. Filmways sería luego la semilla de Orion Pictures (entre 1978 y 1997, pues en 1998 Orion fue comprada por la MGM). Pertenecía a una familia judía rusa orinaria de Smolensk, de orígenes parcialmente aristocráticos, al parecer emparentada con la Dinastía Rúrika, de la que provienen los mismos zares de la Dinastía Romanov. Un antepasado suyo, Mikhail Abramovich Ransohov (1758-1812), fue un célebre militar del Imperio Ruso, fallecido en la no menos célebre Batalla de Borodino. Su primo, el doctor Joseph Ransohoff II (1915-2001) fue pionero de la Neurocirugía y decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York, hijo de otro médico reconocido, el Dr. Joseph Louis Ransohoff II, a su vez hijo de otro cirujano. Muy criticado por cineastas y por historiadores de cine, a Martin Ransohoff no se le puede negar cierto olfato comercial, pues llegó a producir 36 largometrajes entre 1962 y 1997, aunque pasó de algunos éxitos en los años sesenta y setenta a películas menores de segunda fila en los años ochenta y noventa.

Sexto hijo de un sastre judío emigrado desde el Imperio Ruso, Joseph E. Levine (1905-1987), entró en la industria del cine en los años cincuenta, primero como distribuidor, a través de su ecléctica empresa Embassy Pictures, que llevaba a Estados Unidos productos de Europa y Japón, desde las películas de Sofía Loren a las del monstruo Godzilla. Es así como reúne el dinero suficiente para convertirse en uno de los productores más activos en los años sesenta y setenta, tanto en Reino Unido, Francia e Italia, como en Estados Unidos, con éxitos como la fenomenal película ambientada en África Zulú (Cy Endfield, 1964), obras maestras como Larga jornada hacia la noche (Sidney Lumet, 1962), El desprecio (Jean-Luc Godard, 1963), Matrimonio a la italiana (Vittorio De Sica, 1964), El león en invierno (Anthony Harvey, 1968) o cintas de culto como Adónde fue el amor (Edward Dmytryk, 1964), Nevada Smith (Henry Hathaway, 1966), El graduado (Mike Nichols, 1967), todo un canto generacional, Los productores (Mel Brooks, 1967), Soldado Azul (Ralph Nelson, 1970), o la bélica Un puente lejano (Richard Attenborough, 1977), entre otras. Embassy Pictures fue fundada por Levine en 1942 y tuvo su mejor momento en los años sesenta y primeros setenta, hasta que fue vendida en 1977, pasó por diversos compradores, incluida Coca-Cola que la compró en 1985 por 485 millones de dólares, hasta su cierre definitivo en 1986, un año antes del fallecimiento de su fundador, el incansable Joseph Levine.

Hijo de emigrantes judíos oriundos del antiguo Imperio Ruso, Saul Zaentz (Passaic, New Jersey, 1921) comenzó muy joven en la industria del entretenimiento, como distribuidor de una compañía discográfica de su localidad natal, Granz’s Jazz Record, lo que le permitió organizar conciertos de grandes maestros del jazz, como Duke Ellington o Stan Getz (hijo de emigrantes judíos ucranianos). En 1955 compró a los hermanos Sol y Max Weiss, también judíos, Fantasy Records, sita en San Francisco, a la que posicionó como la primera discográfica especializada en jazz del mundo, junto al sello Blue Note. A través de la dirección de Fantasy Records Zaentz se convirtió en un gran productor musical, lanzando o relanzando a varios grupos de rock, entre ellos a la mítica banda Creedence Clearwater Revival, a partir de 1967; suya fue la decisión ese año de incorporar al carismático cantante John Fogerty, convirtiéndolos en uno de los grupos más escuchados de Estados Unidos en la era hippy. Sin embargo su fama internacional fue posterior, llegó como productor de películas muy conocidas del checo Miloš Forman, Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) y Amadeus (1984), o El paciente inglés (1996), dirigida por el inglés Anthony Minghella, las tres ganadores del Oscar a la Mejor Película. Fue además productor de La costa de los mosquitos (1985), del australiano Peter Weir, o La insoportable levedad del ser (1988), adaptación de la mejor novela del checo Milan Kundera por el judeonorteamericano Philip Kaufman.

Coincido con  José Luis Garci y otros directores, así como con múltiples historiadores de cine, que el productor de más talento artístico de los años sesenta y setenta, fue, sin ninguna duda, Robert Evans (Nueva York, 1930), judío neoyorquino nacido como Robert J. Shapera, que revitalizó Paramount Pictures gracias a su olfato y a introducir en la gran industria de Hollywood a los que quizá fuesen los dos mayores talentos de aquellos años. Me estoy refiriendo a Roman Polanski, que pudo trabajar en Hollywood en sólo dos ocasiones, para muchos en sus dos mayores obras maestras, La semilla del diablo (1968) y Chinatown (1974), ambas producidas por Evans, y a Francis Ford Coppola, a quien Evans produjo El padrino (1971) y El padrino II (1974), consideradas el díptico más mítico e intemporal del cine moderno (entendido por tal aquel que surge desde los años sesenta en adelante). Evans tenía fama de productor con vocación de artista, pues tomaba decisiones que afectaban al resultado estético final del film y no sólo a su financiación. Evans, además, produjo el mayor éxito comercial de principios de los setenta, Love Story (1970), basado en el bestseller homónimo, así como Marathon Man (1976), el clásico moderno de John Schlesinger escrito por William Goldman (ambos judíos). Tras el fracaso comercial y artístico de Popeye (1980), un disparate de Robert Altman, su prestigio decayó, aunque continuó produciendo buenas películas, como Cotton Club (1984), de Coppola, o la continuación de Chinatown, Los dos Jakes (1990), escrita de nuevo por Bob Towne y que dirigió el propio protagonista, Jack Nicholson. En 2002 el talento de Bob Evans fue reconocido a través del documental The Kid stays in the Picture (en España se emitió como El chico que conquistó Hollywood), dirigido por Nanette Burstein y Brett Morgen, a partir de un libro escrito por el mismo Evans. En él queda claro que Robert Evans fue un tipo carismático, atractivo, mujeriego, revolucionario y tan popular en su tiempo como las propias estrellas. Fue el que más se acercó al mito de Thalberg.

Irwin Winkler (Nueva York, 1931) es otro productor judío de enorme importancia en la industria de los últimos cuarenta años. Entre sus mayores logros comerciales está la serie de películas del boxeador Rocky, protagonizada por Silvester Stallone, aunque su mejor film puede ser, a mi juicio, Uno de los nuestros (1990), de Martin Scorsese, votada la mejor película norteamericana de los noventa. Ha producido 59 largometrajes entre 1967 y 2016. Sus obras más logradas artísticamente han sido las de Scorsese, la magistral Toro salvaje (1980) o El lobo de Wall Strett (2013), junto a A quemarropa (John Boorman, 1967) y Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983).

Arthur P. Jacobs (1922-1973) fue otro productor judío de considerable éxito, desgraciadamente fallecido en su mejor momento, con apenas cincuenta y un años de edad. Aunque debutó con comedias como Ella y sus maridos (1964) o El extravagante Doctor Dolittle (1967), su fama y poder en la industria le vino por el éxito inesperado de El planeta de los simios (1968), de Franklin J. Schaffner, que daría lugar a una  saga de cuatro largometrajes más, que él mismo produjo hasta su muerte (recordemos que esta saga simiesca ha sido retomada con gran éxito en nuestro siglo).  Arthur P.  Jacobs también produjo películas icónicas como Sueños de un seductor (1972), de Herbert Ross, sobre la obra teatral de Woody Allen o Adiós Mr. Chips (1969), en donde el mismo Herbert Ross adaptaba esta vez al dramaturgo Terence Rattigan.

Conocido como “Mr. Blockbuster”, el productor Jerry Bruckheimer (Detroit, 1945) se ha convertido, tras más de cuarenta años en el negocio del entretenimiento en una de los hombres claves del negocio audiovisual mundial, comparable a George Lucas o Spielberg, junto a los cuales es uno de los tres productores independientes más ricos e influyentes del Hollywood contemporáneo. Jerry Bruckheimer es hijo de emigrantes judíos alemanes (su apellido en lengua alemana podría equivaler a De Casapuente o algo similar) aunque públicamente nunca ha ejercido de judío o al menos, aún siendo judío, no ha proclamado su judaísmo de manera tan clara como, por ejemplo, Spielberg. Según publicó la revista Vanity Fair en marzo de 2011 sería el número 14 entre las personas que más dinero han ganado en el cine norteamericano en 2010, el quinto entre los productores, sólo superado por James Cameron, Steven Spielberg, Todd Phillips y Joe Roth, siendo estos tres últimos también judíos. Desde 1972 como productor independiente o asociado a algunos estudios (primero a la Paramount y luego a Disney) Bruckheimer ha producido unos ochenta títulos, entre películas, telefilmes y series de televisión (algunas tan conocidas como CSI: Las Vegas o CSI: Miami). Aunque en sus inicios producía cine de calidad artística y prestigio crítico –Adiós, muñeca (1975), American Gigolo (1980), El beso de la pantera (1982)–, en los años ochenta se olvido de ínfulas elevadas y se hizo sumamente rico con cine comercial muy popular y siempre de moda –Flashdance (1983), Superdetective en Hollywood (1984), Top Gun. Ídolos del aire (1986)–, películas que costaban poco y generaban altos ingresos, hasta que en los años noventa y en la primera década del siglo XXI se pasó al blockbuster puro, con éxitos del cine de acción como La Roca (1996), Pearl Harbor (2001), que fue considerada como la película más cara de la Historia desde el invento del cine hasta la fecha de su estreno, las dos partes de La búsqueda (2004) o la multimillonaria tetralogía de Piratas del caribe (2003-2011), entre otras muchas producciones destinadas al público masivo y, generalmente, estival.

Pero no sólo pensemos en cine “comercial”, también es judío uno de los hombres más activos del Hollywood alternativo o indie, Lawrence Bender, productor, entre otras muchas cintas, de casi todas las películas de Quentin Tarantino, Reservoir Dogs (1992), Pulp Fiction (1994), Four Rooms (1995), Jackie Brown (1997), Kill Bill 1 y 2 (2003 y 2004) y Malditos Bastardos (2009). Además, entre las cuarenta películas producidas por Bender en los últimos veinte años figuran Killing Zoe (1994), el documental ecológico Una verdad incómoda (2006), narrado e impulsado por Al Gore, The Mexican (2001) o la trilogía de Abierto hasta el amanecer. Su cine, guste o no, tiene una estética y un diseño de producción muy determinado y reconocible, ya sea dirigido por Tarantino, Roger Avary, Robert Rodríguez o Gore Verbinski.

Un caso anómalo, por extraterritorial y por ser un productor independiente ajeno a los estudios (aunque se sirva de ellos y viceversa), es el del israelí Arnon Milchan (Tel Aviv, 1944), sionista declarado y que confiesa sin tapujos que parte de su inmensa fortuna lograda en el cine va destinada a ayudar al Estado de Israel, país en donde nació cuando éste era Protectorado Británico. Ganador del Oscar por L.A. Confidential (1997), Milchan es, desde 1977, uno de los productores más exitosos y prolíficos del mundo, con más de un centenar de películas y series televisivas producidas, tanto en Estados Unidos como en Europa (principalmente en Reino Unido). El rey de la comedia (1983), de Martin Scorsese, la mítica Érase una vez en América (1984), de Sergio Leone, Brasil (1985), de Terry Gilliam, JFK (Caso abierto) (1991), de Oliver Stone, Heat (1995), de Michael Mann, El club de la lucha (1999), de David Fincher o La fuente de la vida (2006), de Darren Aronofsky, son algunos de sus títulos más recordados entre los cinéfilos. Sin embargo, para el gran público la producción Milchan más célebre es Pretty Woman (1990), versión moderna de la cenicienta con Richard Gere y Julia Roberts, y que ya es parte de la cultura de masas. Recientemente Milchan ha confirmado en varias entrevistas a medio especializados que durante décadas fue espía del Estado de Israel (Cfr. Sofilm, núm. 9, febrero 2014). Algo insólito y sorprendente que él ha explicado con total naturalidad.

Otro productor veterano que entró tarde en la industria, en los años ochenta, es Sidney Kimmel (Philadelphia, 1929), también conocido como productor en algunos títulos de crédito como Caesar Kimmel. Conocido filántropo, multimillonario a través de su empresa The Jones Group, Inc. (Jones Apparel Group, que incluye decenas de marcas del sector textil y de los complementos), Kimmel ha creado una fundación que ha donado más de 600 millones de dólares a los centros de tratamiento biomédico contra el cáncer más importantes de Estados Unidos, Johns Hopkins Hospital y el Centro contra el Cáncer de la Thomas Jefferson University. Ya mayor, entre los sesenta y los ochenta y tantos años, Kimmel ha creado la productora Sidney Kimmel Entertainment, a través de la cual ha producido más de cuarenta largometrajes en las tres últimas décadas, los más conocidos Nueve semanas y media (1986), Un funeral de muerte (2007) o Moneyball: rompiendo las reglas (2011), esta última protagonizada por Brad Pitt.

El israelí-estadounidense Menahem Golan (Tiberíades, 1929-2014) fundó con su primo Yoram Globus (1943) The Cannon Group (1967-1993) una de las productoras de cine de acción más prolíficas de la industria anglosajona, en especial en la década de 1980. Golan ha producido más de doscientas películas y dirigido más de cuarenta y cinco, la mayoría en Estados Unidos, pero también cine en hebreo en su Israel natal. Para conocer en detalle el papel de Golan y de su productora, recomiendo el visionado del documental Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films (2014), de Mark Hartley. Golan era especialista en el llamado cine barato de acción –Delta Force, Yo, el halcón, Contacto sangriento, Yo soy la justicia, Masters del Universo– y en el cine de aventuras, como manifiesta la versión moderna de Las minas del rey salomón o la trepidante El tren del infierno. Charles Bronson, Chuck Norris, Jean-Claude Van Damme, Sylvester Stallone son algunas de las estrellas del cine de acción que más se asocian a Menahem Golan y la Cannon. Cine sin ninguna calidad artística, mero entertainment para espectadores jóvenes y poco exigentes.

De entre los nuevos productores judíos surgidos en Estados Unidos en los años noventa destaca Andrew Lazard (Nueva York, 1966), productor de Lazos ardientes (1996), de los hermanos Wachowski, y algunas películas de Clint Eastwood, como El francotirador (American Sniper, 2014), la película más taquillera del año 2014 en Estados Unidos. Lazard ha producido 27 largometrajes entre 1995 y 2016. Coetáneo de Lazard es el productor Barry Mendel, también judío y cuyos padres escaparon del nazismo alemán. Mendel ha producido películas tan populares como El sexto sentido (1999) y El protegido (2000), ambas de M. Night Shyamalan, Los Tenenbaums. Una familia de genios (2001), de Wes Anderson, Munich (2005), de Spielberg, o La boda de mi mejor amiga (2011), de Paul Feig.

No hay espacio aquí para glosar a los hermanos Mirisch, Marvin, Harold y Walter, que, desde 1947 hasta la actualidad han producido un centenar de películas, algunas tan conocidas como Los siete magníficos (John Sturges, 1960), El guateque (Blake Edwards, 1968) o El violinista en el tejado (Norman Jewison, 1971). O los hermanos Harvey y Bob Weinstein (nacidos en 1952 y 1954, respectivamente), hijos de un tallador de diamantes, que fundaron Miramax en 1979 y la convirtieron en la primera productora independiente americana en los años ochenta y noventa. En 2005 la vendieron a la multinacional Disney y montaron The Weinstein Company. Los Wenstein produjeron más de un centenar de películas y fueron distribuidores de más de setecientos largometrajes. Sin ellos no habrían sido posibles films tan populares como Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Shakespeare enamorado (John Madden, 1998), Las normas de la casa de la sidra (Lasse Hallström, 1999) o Amélie (Jean Pierre Jeunet, 2001). Harvey Weinstein aparece acreditado como productor en más de trescientas películas y, tras vender Miramax, su ritmo no sólo no ha decaído, sino que se ha incrementado. Desde 2005, fecha de la venta de la compañía, ha producido films como Sin city: ciudad del pecado (Frank Miller y Robert Rodríguez, 2005), El lector (Stephen Daldry, 2008), The Fighter (David O. Russell, 2010), El lado bueno de las cosas (David O. Russell, 2012), Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2013) o La dama de oro (Simon Curtis, 2015).

También sería interesante hacer un estudio sobre los cientos de cineastas que han ejercido la triple función de guionista-productor-director, desde Mankiewicz u Otto Preminger, a Kubrick o Stanley Kramer (1913-2001), también de origen judío. Pero ya sería otro libro. En esto, el productor más importante del cine moderno, en términos de éxito comercial e influencia mundial, es sin ningún asomo de duda Steven Spielberg (Cincinnati, 1946), judío cuyos abuelos emigraron desde Alemania a América. Sus padres, nacidos en 1917 y 1920, le educaron en el judaísmo ortodoxo y de niño recibió clases de un rabino. Spielberg es quizá el productor más concienciado de su identidad judía y de sus vínculos con Israel y es un conocido filántropo en este campo, en especial a través de Shoah Foundation (en la USC). Spielberg ha confesado que en su niñez, en los años cincuenta, padeció varios episodios de antisemitismo en su estado natal. Su labor como productor abarca más de 150 películas, como director más de cincuenta títulos y como guionista aparece acreditado en más de veinte. Spielberg ha reconocido que uno de sus modelos como productor-director ha sido el citado Stanley Kramer. Películas como Tiburón (1975), E.T. (1982), la saga de Indiana Jones, Parque Jurásico (1993), La lista de Schindler (1993) o Salvar al soldado Ryan (1998), entre otras muchas, forman ya parte del imaginario colectivo de nuestro tiempo. Su enorme habilidad como narrador discurre paralela a su conocimiento del público y son multitud las fuentes bibliográficas que lo señalan como el productor independiente más exitoso de la Historia del Cine.

 

Productores judíos ganadores del Oscar (o nominados a Mejor Película)

Además de los citados, tanto los fundadores y presidentes de los Estudios de Hollywood como los directivos principales presentes ya en el período mudo y primeras décadas del cine sonoro clásico, la presencia de productores judíos o de orígenes semitas en la historia de los Oscar es amplísima, no sólo mayoritaria, sino abrumadora, en todas las épocas, desde 1927 hasta la actualidad. Si exceptuamos a Darryl Zanuck, prácticamente todos los grandes productores del cine clásico norteamericano, entendido como tal desde los años veinte hasta la década de 1960, fueron judíos o de ascendencia judía. Con el cambio de siglo, la tendencia no sólo no se ha reducido, sino que ha incrementado. Citamos a continuación a algunos de los más importantes, por períodos cronológicos, nombrando algunos de sus filmes más célebres, ganadores del Oscar. Vamos a ver a continuación una lista no exhaustiva pero sí bastante completa (incluimos a productores judíos cuyas películas ganaron algún Oscar, no necesariamente en la categoría de Mejor Película).

 

Años 30 y 40

  • Harry Cohn (1891-1958), Sucedió una noche (1934).
  • Irving Thalberg (1899-1936), Grand Hotel (1932).
  • Hal B. Wallis (1899-1986), Casablanca (1942).
  • Harry Rapf (1882-1949), La parada de los monstruos (Freaks, 1932), Melodía de Broadway.
  • Pandro S. Berman (1905-1996), El retrato de Dorian Gray (1945), Los tres mosqueteros (1948), Ivanhoe (1952).
  • Jesse Louis Lasky, Sr. (1880-1958), Alas (1927), El sargento York (1940).
  • Joe Pasternak (1901-1991), Levando anclas (1945), Chicago año 30 (1958).
  • Mervyn LeRoy (1900-1987), El mago de Oz (1939) (sólo productor), Quo Vadis (1951) (productor y director).
  • William Perlberg (1900-1968), De ilusión también se vive (1947).
  • Emeric Pressburger (1902-1988), nacido Imre József Emmerich Pressburger, codirector y coproductor de las grandes películas de Michael Powell en el Reino Unido, Narciso negro (1947), Las zapatillas rojas (1948).
  • Isadore “Dore” Schary (1905-1980), Forja de hombres (1938).

 

Años 50 y 60

  • William Wyler (1902-1981), nacido Wilhelm Weiller, Los mejores años de nuestra vida (1946),  Vacaciones en Roma (1953), Ben-hur (1959).
  • Sam Zimbalist (1901-1958), Las minas del rey Salomón (1950), Mogambo (1953), Ben-Hur (1959).
  • E. Maurice “Buddy” Adler (1909-1960), De aquí  a la eternidad (1953).
  • Lawrence Weingarten (1897-1975), La gata sobre el tejado de zinc (1958).
  • Arthur Freed (1894-1973), nacido Arthur Grossman, El mago de Oz (1939), Un americano en París (1952), Gigí (1958).
  • Walter Mirisch (1921), Marvin Eliot Mirisch (1918-2002), hermano de Walter Mirisch y de Harold Mirisch, creadores de The Mirisch Company, En el calor de la noche (1967).
  • Carl Foreman (1914-1984), Sólo ante el peligro (1952), Los cañones de Navarone (1961).
  • Fred Zinnemann (1907-1997), Un hombre para la eternidad (1965), Y llegó el día de la venganza (1964).
  • Otto Preminger (1905-1986), Laura (1944)
  • Walter Wanger (1894-1968), nacido Walter Feuchtwanger, Cleopatra (1963).
  • Jack L. Warner (1892-1978), My fair Lady (1964).
  • Robert Rossen (1908-1966) El político (1949), El buscavidas (1961).
  • Ernest Lehman (1915-2015), Quién teme a Virginia Woolf (1967).
  • Stanley Kramen (1913-2001), Sólo ante el peligro (1952), Fugitivos (1958), Vencedores o vencidos (1961), Adivina quién viene esta noche (1967).
  • Irwin Allen (1916-1991), El coloso en llamas (1964).
  • Robert Evans (1930), nacido Robert J. Shapera, La semilla del diablo (1968), Love Story (1970), El padrino (1971), El padrino II (1974), Chinatown (1974).
  • Stanley Kubrick (1928-1999), 2001, una odisea del espacio (1968), La naranja mecánica (1971).
  • Jerome Hellman (1928), Cowboy de medianoche (1969), El regreso (1978).

 

Años 70 y 80

  • Ingwald “Ingo” Preminger (1901-2006), nacido en Czernowitz, Imperio Austrohúngaro (actualmente Chernivtsi, Ucrania), MASH (1970).
  • Howard G Minsky (1914-2008), Love Story (1970).
  • Stephen J. Friedman (1937-1996), La última película (1971).
  • Saul Zaentz (1921-2014), Alguien voló sobre el nido del cuco (1975).
  • Harold Leventhal (1919-2005), Esta tierra es mi tierra (1976).
  • Charles H. Joffe (1929-2008), Annie Hall (1977).
  • Paul Mazursky (1930-2014), Una mujer descasada (1978).
  • Robert Chartoff (1933-2015), Elegidos para la gloria (1983).
  • Burt Sugarman (1939), Hijos de un dios menor (1986).
  • Stanley Richard Jaffe (1940) Kramer contra Kramer (1979),
  • Sherry Lansing (1944), nacida Sherry Lee Duhl, Atracción fatal (1987).
  • Richard Roth, Julia (1977), de Fred Zinnemann.
  • Sydney Pollack (1934-2008), Memorias de África (1985).
  • David Puttnam (1941), La misión (1986).
  • Claude Berri (1934-2009), judío francés nacido Claude Berel Langmann, Tess (1979).
  • Barry Levinson (1942), Rainman (1988), Bugsy (1991).

 

Años 90 y siglo XXI

  • Robert Elmer “Bob” Balaban (1945), Encuentros en la tercera fase (1977), Gosford Park (2001).
  • Branko Lustig (1932), La lista de Schindler (1993), Gladiator (2000), American Gagster (2007), judío croata superviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Bergen-Belsen.
  • Arnold Kopelson (1935), El fugitivo (1993).
  • Steve Tisch (1949), Forrest Gump (1994), American History X (1998).
  • Wendy Finerman (1960), Forrest Gump (1994).
  • Joel Coen y Ethan Coen (1954 y 1957), Fargo (1995), No es país para viejos (2007).
  • Richard N. Gladstein (1961), Pulp Fiction (1994), Las normas de la casa de la sidra (1999).
  • Bruce Cohen, American Beauty (1999).
  • Marshall Herskovitz (1952), Traffic (2000), Diamante de sangre (2006).
  • Gerald R. Molen (1935), La lista de Schindler (1993), Parque Jurásico (1993).
  • Michael Shamberg (1945), Un pez llamado Wanda (1988), Pulp Fiction (1994), Gattaca (1997), Erin Brockovich (2000), Django desencadenado (2012).
  • Samuel Goldwyn, Jr. (1926), Master and Commander: al otro lado del mundo (2003).
  • Michael Mann (1943), El aviador (2005).
  • Ross Katz (1971), En la habitación (2001), Lost in Translation (2003), María Antonieta (2006).
  • Grant Heslov (1963), Mentiras arriesgadas (1994), Buenas noches y buena suerte (2005), Argo (2012).
  • Lawrence Bender (1957), Pulp Fiction (1994), Jackie Brown (1997).
  • Brian Grazer (1951), Apolo 13 (1995), Una mente maravillosa (2001), El desafío-Frost contra Nixon (2008).
  • Martin Richards (Morton Richard Klein, 1932-2012), Chicago (2001).
  • Cathy Schulman (1965), Crash (2005).
  • Scott Rudin (1958), No es país para viejos (2007) y El Gran Hotel Budapest (2014)
  • Jon Landau (1960), Titanic (1997), Avatar (2009).
  • Greg Sapiro, En tierra hostil (2009).
  • Morris Mike Medavoy (1941), Cisne negro (2010).
  • Ivan Reitman (1946) y su hijo Jason Reitman (1977), Juno (2007), Up in the air (2009).
  • Thomas Langmann, The Artist (2011).

Que duda cabe que los premios Oscar, o sus meras nominaciones, no garantizan nada, en cuanto a calidad artística, pero sí marcan una pauta para el cine comercial anglosajón desde casi los inicios del cine sonoro. Sin embargo, conviene recordar que productores pioneros, como Adolph Zukor, el primero de ellos cronológicamente, nunca  lograron el Oscar por ninguna de sus películas en las que intervinieron como productores directos. El mismo caso es válido para Carl Laemmle Jr. (1908-1979), nacido en Chicago como Julius Laemmle, hijo de Carl Laemmle, fundador de Universal Pictures, o para Leo Jaffe (1909-1997), productor de Columbia Pictures durante medio siglo, entre otros.

 

Diego Moldes,

Doctor en Ciencias de la Información (Comunicación Audiovisual), Universidad Complutense,

Pontevedra y Madrid, verano de 2015.

 

 

APÉNDICE

Diego Moldes

Cineastas judíos en Hollywood

En la introducción me he extendido más en las semblanzas de los productores que en la de los directores porque las de aquellos son, por lo general, más desconocidas, mientras que las de éstos son más del conocimiento de los cinéfilos y aficionados al séptimo arte. Dado que en la industria siempre son más los directores que los productores, su número es mayor y su porcentaje, de entre los que podríamos llamar de primera fila (hablo aquí de prestigio artístico y no empresarial o comercial), similar o incluso mayor. Un dato definitivo resume la presencia de directores judíos en la Meca del Cine. Casi la mitad de los ganadores del Oscar al Mejor Director, 31 directores de entre 64 totales, han sido cineastas judíos o de origen judío. Los dos directores con más nominaciones a los Oscar han sido William Wyler (con catorce) y Billy Wilder (con doce), ambos judíos. El guionista con más nominaciones a los Oscar ha sido otro judío, Woody Allen, también catorce veces nominado. La nómina de cineastas judíos es interminable en todas las épocas de Hollywood, veamos ejemplos conocidos:

Grandes directores de cine judíos del Hollywood clásico (muchos de ellos también dirigieron largometrajes en Europa): Max Reinhardt (nacido Maximilian Goldmann, 1873-1943) y sus hijos Gottfried Reinhardt (1911-1994) y el productor-guionista Wolfgang Reinhardt (1908-1979), Cecil B. DeMille (1881-1959), Erich von Stroheim (Erich Oswald Stroheim, 1885-1957), Michael Curtiz (nacido Manó Kertész  Kaminer, 1886-1962), John M. Stahl (Jacob Morris Strelitsky, 1886-1950), Fritz Lang (1890-1976), por línea paterna, Lewis Seiler (1890-1964), Ernst Lubitsch (1892-1947), John Brahm (1893-1982), hijo del actor de teatro alemán Ludwig Brahm y sobrino del director-productor teatral y crítico literario: el apellido original de los Brahm era Abrahamsohn, Sir Alexander Korda (1893-1956) y su hermano Zoltan Korda (1895-1961), William Dieterle (Wilhelm Dieterle, 1893-1972), Gregory Ratoff (Gregori Ratner, 1893-1960), Albert Lewin (1894-1968), Jósef von Sternberg (Jonas Sternberg, 1894-1969), Lewis Milestone (Leib Milstein, 1895-1980), Victor Halperin (1895-1983), Irving Rapper (1898-1999), George Cukor (Cukor Gross, 1899-1983), Curtis Bernhardt (1899-1981), Mervyn LeRoy (1900-1987), Robert Siodmak (1900-1973) y su hermano el guionista y novelista Curt Siodmak (1902-2000), Charles Vidor (Vidor Károly, 1900-1949), Herbert Biberman (1900-1971), Anatole Litvak (1902-1974), William Wyler (Wilhelm Weiller, 1902-1981), Max Ophüls (Maximillian Oppenheimer, 1902-1957), Boris Ingster (1903-1978), Edgar G. Ulmer (1904-1972), Otto Preminger (Otto Ludwig Preminger, 1905-1986), Henry Koster (Herman Kosterlitz, 1905-1988), Billy Wilder (Samuel Wilder, 1906-2002), Irving Reis (1906-1953), Anthony Mann (Emil Anton Bundesmann, 1906-1967), Clifford Odets (Clifford Gorodetsky, 1906-1963), Nathan H. Juran (Naftuli Hertz Juran, 1907-2002), Fred Zinnemann (1907-1997), Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) y su hermano el guionista y productor Herman Mankiewicz (1897-1953), Robert Rossen (1908-1966), hijo de un rabino, como muchos otros, Abraham Polonsky (1910-1999), Jules Dassin (Julius Dassin, 1911-2008), Joseph Pevney (1911-2008), Richard Brooks (Ruben Sax, 1912-1992), Samuel Fuller (1912-1997), Don Siegel (1912-1991), Cornel Wilde (Kornél Lajos Weisz, 1912-1989), George Sidney (1916-2002) (los apellidos originales de sus padres, provenientes de Rusia y Polonia respectivamente, eran Rabinovitch y Baum), Richard Fleischer (1916-2006), hijo del pionero de la animación Max Fleischer (1883-1972), creador de Popeye y Betty Boop, George Axelrod (1922-2003) y John Berry (Jak Szold, 1917-1999).[9]

Importantes cineastas judíos del Hollywood moderno (entendido como tal el cine dirigido por debutantes posteriores a la Segunda Guerra Mundial y en los años cincuenta y primeros sesenta): Daniel Mann (Daniel Chugerman, 1912-1991), Stanley Kramer (1913-2001), William Castle (William Schloss, 1914-1977), Norman Panama (1914-2003), Martin Ritt (1914-1990), Melville Shavelson (1917-2007), Ted Post (1918-2013), Gene Saks (Gene Lewkowitz, 1921), Arthur Penn (1922-2010), Haskell Wexler (1922-2015), Carl Reiner (1922), Russ Meyer (1922-2004), Irvin Kershner (1923-2010), Boris Sagal (1923-1981), Stanley Donen (1924), Sidney Lumet (1924-2011), Paul Newman (1925-2008), James Salter (1925-2015), Mel Brooks (Melvin Kaminsky, 1926), Karel Reisz (1926-2002), John Schlesinger (1926-2003), Stuart Rosenberg (1927-2007), Stanley Kubrick (1928-1999), Alan J. Pakula (1928-2008), Mark Rydell (1928), Ulu Grosbard (Israel Grosbard, 1929-2012), John Frankenheimer (1930-2002), de origen judío por línea paterna, Paul Mazursky (1930-2014), Larry Peerce (1930), Frederick Wiseman (1930), Richard Donner (Schwartzberg, 1930), Mike Nichols (Michael Igor Peschkowsky, 1931-2014), Elaine May (Elaine Berlin, 1932), Roman Polanski (Rajmund Liebling, 1933), Alan Arkin (1934), Sydney Pollack (1934-2008), Woody Allen (Allen Stewart Konigsberg, 1935), William Friedkin (1935), Philip Kaufman (1936), Peter Medak (1937),  Ralph Bakshi (1938), Carl Gottlieb (1938) y Peter Bogdanovich (1939).

Cineastas judíos o de origen judío de primer nivel en el Hollywood contemporáneo: Joel Schumacher (1939), James L. Brooks (1940), Larry Cohen (1941), Stephen Frears (1941), Nora Ephron (1941-2012), Barry Levinson (1942, apellido materno, Krichinsky), Michael Mann (1943), David Cronenberg (1943), Bruce Paltrow (Bruce Weigert, 1943-2002), Peter Hyams (1943), Mike Leigh (1943), Harold Ramis (1944-2014), Frank Oz (Frank Richard Oznowicz, 1944), Jim Abrahams (1944), Roland Joffé (1945), Nicholas Meyer (1945), Michael Radford (1946), Steven Spielberg (1946), Oliver Stone (1946), Rob Reiner (1947), David Mamet (1947), David Zucker (1947) y su hermano Jerry Zucker (1950), Rob Cohen (1949), Lawrence Kasdan (1949), Nancy Meyers (1949), John Landis (1950), Mimi Leder (1952), su madre fue una superviviente de Auschwitz, los hermanos Coen (Joel y Ethan Coen, 1954 y 1957), Sam Raimi (Samuel Marshall Raimi Abrams, 1955), Nicholas Hytner (1956), Mark Rappaport, Charlie Kaufman (1958), David O. Russell (1958), sólo por línea paterna, Todd Solondz (1959), que incluso se planteó ser rabino, Beeban Kidron (1961), Akiva Goldsman (1962), Tamara Jenkins (1962), Rob Minkoff (1962), Ari Folman (1962), Grant Heslov (1963), Vadim Perelman (1963), Lisa Cholodenko (1964), Adam Shankman (1964), Michael Bay (1965), Doug Liman (1965), Sam Mendes (1965), Bryan Singer (Bryan Jay Sinden, 1965), Paul Weitz (1965) y su hermano Chris Weitz (1969),  J. J. Abrams (1966), Jon Favreau (1966), Boaz Yakin (1966), Liev Schreiber (1967), Judd Apatow (1967), Darren Aronofsky (1969), James Gray (1969), Spike Jonze (Adam Spiegel, 1969), Noah Baumbach (1969), Todd Phillips (Todd Bunzl, 1970), Genndy Tartakovsky (1970), Ben Younger (1972), Ruben Fleischer (1974), Yaron Zilberman, Harmony Korine (1973) y Seth Grossman (1975).

En Norteamérica, algunos de los más grandes guionistas del cine y la televisión de todas las épocas han sido y son de origen judío. Aunque durante la época dorada del cine mudo, entre 1912 y 1928 aproximadamente, la mayoría de los argumentistas y escritores de cine provenían del teatro y eran blancos anglosajones protestantes en su gran mayoría; con el advenimiento del sonoro, a partir de 1927, los guionistas de origen judío fueron haciéndose cada vez más necesarios, abarcando todos los géneros cinematográficos y estableciendo una supremacía de talentos, basados en el aprendizaje del nuevo medio, en una sólida formación literaria en la mayoría de casos, en el eclecticismo y, sobre todo, en el conocimiento de las llamadas clases populares, en donde pusieron el ojo y el oído, pues ellos mismos provenían de ellas. Por desgracia, los que idean los argumentos y tramas de las películas que amamos son, en casi todos los casos, desconocidos del gran público, autores anónimos, a diferencia de sus colegas novelistas o dramaturgos. Veamos ahora algunos ejemplos sobresalientes (excluyendo aquí a los escritores que se pasaron a la dirección de películas, caso de Joe Mankiewicz, Billy Wilder, Bob Rossen, Abe Polonsky y tantos otros) de guionistas de primera fila –si seleccionásemos al centenar de los escritores más relevantes para la gran pantalla, veríamos que más de un sesenta por ciento son guionistas de origen judío–, que escribieron gran parte de las mejores películas del llamado cine clásico: Ben Hecht (el guionista más paradigmático del cine de Hollywood, autor de cerca de noventa guiones originales y adaptados de libros, entre los que sobresale la adaptación de Lo que el viento se llevó), la mítica guionista y dramaturga Lilliam Hellman (La calumnia, La loba), la conocida escritora Dorothy Parker (nacida Dorothy Rothschild, de origen judío por línea paterna: Ha nacido una estrella, versiones de 1937 y 1954, Sabotaje, La loba), Julius Epstein y Philip Epstein (Casablanca, Arsénico por compasión), Samson Raphaelson (El cantor de jazz, Sospecha, El bazar de las sorpresas), Benjamin Glazer (Adiós a las armas, El séptimo cielo), Heinz Herald (La vida de Emile Zola, Dr. Ehrlich’s Magic Bullet), Samuel Hoffenstein (Laura, El fantasma de la ópera), Abem Finkel (Jezabel, Sargento York), S. J. Perelman (Pistoleros de agua dulce, de los hermanos Marx, La vuelta al mundo en 80 días), Sydney Buchman (Caballero sin espada, El difunto protesta), Arthur Caesar (El enemigo público número 1, La mujer pirata), George Froeschel (La señora Miniver), el maestro de la comedia I.A.L. Diamond (coautor de algunas de las mejores películas de Billy Wilder, como Con faldas y a lo loco, El apartamento y una docena más, además de ser coguionista de Me siento rejuvenecer, de Hawks), Moss Hart (La barrera invisible, Ha nacido una estrella), Dore Schary (Forja de hombres, El joven Edison), Garson Kanin  (La costilla de Adán, Nacida ayer) y su hermano Michael Kanin (La mujer del año), Sidney Sheldon (El solterón y la menor, La reina del Oeste), Lajos Bíró (n. Lajos Blau, Las cuatro plumas, El ladrón de Bagdag), George Oppenheimer (Un día en las carreras), Daniel Fuchs (El abrazo de la muerte, Pánico en las calles), Philip Yordan (Johnny Guitar, El Cid, La caída del imperio romano), George Axelrod (Desayuno con diamantes, La tentación vive arriba), Ben Maddow (La jungla de asfalto, Cuando rube la marabunta), Charles Schnee (Río rojo, Cautivos del mal), Carl Foreman (Solo ante el peligro, Los cañones de Navarone), Bud Schulberg (La ley del silencio, Más dura será la caída), Adolph Green (Cantando bajo la lluvia), Alan Jay Lerner (Un americano en París, My fair Lady, Gigi), Walter Bernstein (Los siete magníficos, El tren), Robert Riskin (guionista habitual de Frank Capra, Sucedió una noche, Juan Nadie, Vive como quieras…), Albert Maltz (Flecha rota, La ciudad desnuda), Sam Ornitz (Rutas infernales), Samuel Nathaniel Behrman (La reina Cristina de Suecia, Quo Vadis), el compositor Irving Berlin (guionista de Para alcanzar la luna, This is the Army…), Irving Brecher (Una tarde en el circo, El mago de Oz, Cita en St. Louis), Ben Barzman (El Cid, La caída del imperio romano), Jerome Chodorov (The Memphis Belle, Lucky Luciano), Norman Corwin (Moby Dick, El loco del pelo rojo), Edward Anhalt (Becket, Las aventuras de Jeremiah Johnson), Norman Krasna (Indiscreta, Matrimonio original), Sonya Levien (Quo vadis; Esmeralda, la zíngara), Walter Reisch (Ninotchka, Niágara), Irwin Shaw (El baile de los malditos; Hombre rico, hombre pobre), Daniel Taradash (De aquí a la eternidad, Me enamoré de una bruja), Arthur Laurents (A. Levine, La soga, West Side Story, Anastasia), Lukas Heller (Doce del patíbulo, ¿Qué fue de Baby Jane?), Stanley Saphiro (Confidencias de medianoche, Suave como visón), Abby Mann (Vencedores y vencidos), Peter Stone (Charada), Frank Tarloff (Operación Whisky), Sandford H. Barnett (Operación Whisky, Bonanza), Richard Maibaum (guionista de la serie de películas de James Bond: Desde Rusia con amor, James Bond contra Goldfinger, etc.), Wolf Mankowitz (Casino Royale), Neil Simon (Descalzos por el parque, La estraña pareja), William Goldman (Dos hombres y un destino, La princesa prometida) y su hermano James Goldman (El león en invierno), Ernst Lehman (Con la muerte en los talones, West Side Story, Sonrisas y lágrimas), Frederic Raphael (Darling, Dos en la carretera, Eyes Wide Shut), Irving Ravetch (Con él llegó el escándalo, Hud, Norma Rae), Paddy Chayefsky (Marty, Network), Ruth Prawer Jhabvala (guionista de casi toda la filmografía de James Ivory e Ismail Merchant), Robert Towne (Robert Bertram Schwartz; Chinatown, El padrino, Misión imposible), Jeremy Larner (El candidato), Bo Goldman (Alguien voló sobre el nido del cuco), Steve Shagan (Salvad al tigre, Las dos caras de la verdad), Marshall Brickman (Annie Hall o Manhattan, coescritas con Woody Allen), Sir Peter Shaffer (Amadeus), Alfred Uhry (Paseando a Miss Daisy), Ronald Bass (Rain man, La boda de mi mejor amigo), Marc “Babaloo” Mandel (Un, dos, tres…splash, Espías como nosotros), David Saperstein (Cocoon), Bruce Joel Rubin (Ghost), Tom Schulman (El club de los poetas muertos; Cariño, he encogido a los niños), Eric Roth (Forrest Gump), Ronald Harwood (El pianista), Akiva Goldsman (Una mente maravillosa), Judd Apatow (Lío embarazoso), Charlie Kaufman (Cómo ser John Malkovich, ¡Olvídate de mí!, coescrita por el sefardí francés Pierre Bismuth), David Seidler (El discurso del rey), Mark Boal (En tierra hostil, La noche más oscura), Aaron Sorkin (La red social, El ala Oeste de la Casa Blanca), Stuart Blumberg (La vecina del al lado, Los chicos están bien), Stan Chervin (Moneyball: rompiendo las reglas), David S. Goyer (trilogía de Batman El caballero oscuro, Superman.Man of Steal, Blade, Dark City, The Crow, Godzilla, El hombre invisible, Ghost Rider, y el videojuego más vendido de su época: Call of Duty; un gran experto en estrategias de marketing de contenidos transmediáticos, más comercial que artístico), Graham Moore (The Imitation Game), y, por último, David Benioff (nacido David Friedman) y Daniel Brett Weiss, creadores (productores-guionistas, o showrunners) desde 2011 de la serie televisiva más vista en la historia del medio: Juego de Tronos. En la televisión los ejemplos son igual de numerosos, pero eso ya es otra historia. He seleccionado los de mayor éxito comercial y artístico, muchos de ellos ganadores del Oscar al mejor guión original o adaptado. Si se incluyesen otros escritores para la gran pantalla menos prestigiosos, habría que citar a cientos de cineastas o productores-guionistas más. Aún está por escribirse en nuestro idioma la impronta del judaísmo o de la judeidad –que no son lo mismo– en la historia del cine y el audiovisual en inglés.

También hubo, como es lógico pensar, operadores judíos, es decir directores de fotografía (llamados en el mundo anglosajón cinematographers, palabras que no tiene equivalente exacto en español), aunque porcentualmente quizá no tantos como en el campo de la dirección y la producción. En los años treinta, en Hollywood, brillaron operadores como Karl Freund (1890-1969), que iluminó magistralmente La momia (1932), o el estajanovista Joseph Ruttenberg (1889-1983), de quien podemos citar Luz que agoniza (1944), entre las de blanco y negro, y la oscarizada Gigi (1958), entre las realizadas en color. Otro ejemplo de relumbrón, por ser de los mejores artísticamente hablando, fue el de Stanley Cortez (1908-1997), nacido en Nueva York como Stanislaus Krantz. El cambio de nombre no obedece en este caso al antisemitismo, sino a que era el nombre adoptado por su hermano, el actor Ricardo Cortez (1900-1977), nacido Jacob Krantz. Se puso apellido hispano, Cortez (variante de Cortés), porque era la moda comercial del cine mudo de entonces, con los latin lovers Ramón Novarro o Rudolph Valentino, entre otros. Cortez dio el look visual a grandes películas de Orson Welles (El cuarto mandamiento), Fritz Lang (Secreto tras la puerta), Charles Laughton (La noche del cazador), Nunnally Johnson (Las tres cara de Eva) o Sam Fuller (Corredor sin retorno, Una luz en el hampa), ni más ni menos.

Durante lo que llevamos de siglo XXI, el director de fotografía considerado más innovador de Estados Unidos y probablemente del mundo es Emmanuel Lubezki Morgenstern (Ciudad de México, 1964), apodado El Chivo. Este judío mexicano es hijo del actor Muni Lubezki. Sus abuelos emigraron desde el Imperio Ruso a Sanghai y, desde China, recalaron en México a mediados de siglo. Lubezki comenzó en el cine mexicano como operador, entre 1985 y 1992. En 1993 inició su periplo profesional en el cine estadounidense y desde 1995 vive en Los Ángeles. Entre sus más de cuarenta largometrajes destacan sus trabajos con Alfonso Cuarón (Gravity, Hijos de los hombres, Y tu mamá también, etc.) y Terrence Malick (cinco largometrajes, entre los que destacan las magistrales El árbol de la vida y El nuevo mundo). También ha trabajado con Michael Mann (Ali), los hermanos Coen (Quemar después de leer), Tim Burton (Sleepy Hollow), Ben Stiller (Reality Bites), Mike Nichols  (Una jaula de grillos) y Alejandro González Iñárritu (Birdman). Somos muchos los que consideramos a Lubezki el más importante cinematographer del mundo, desde que hiciera para Malick The New World y The Tree of Life. Esta consideración se hizo casi unánime cuando Lubezki obtuvo dos Oscars consecutivos en 2014 y 2015 por Gravity –cuyas innovaciones técnicas son de un calibre histórico similar al de 2001 una odisea del espacio– y por Birdman, un prodigio de virtuosismo.

La mayor parte de los grandes compositores de casi todas las consideradas mejores películas de la Historia del Cine, especialmente de Hollywood, eran judíos, ejemplos: Hugo Riesenfeld (uno de los más destacados del cine mudo y los años treinta), Max Steiner, Dimitri Tiomkin, Bernard Herrmann, Elmer Bernstein, Erich Wolfgang Korngold, Alex North, Ernest Gold, Alfred Newman y su hijo Randy Newman, André Previn, David Raksin, Jerome Moross, Jerry Goldsmith, Michael Nyman, Lalo Schifrin, Philip Glass, Danny Elfman, James Horner (hijo del prestigioso director artístico austríaco Harry Horner, que destacó tanto en teatro como en cine, en Europa y en Estados Unidos), el alemán Hans Zimmer (que ocultó su judeidad durante casi toda su vida) y un etcétera de más de un centenar de músicos de cine. Max Steiner, por ejemplo, es considerado por los historiadores y musicólogos “el padre de la música de cine” (the father of film music), nacido Maximilian Raoul Steiner (1888-1971) en Viena, en el seno de una importante familia judía dedicada al espectáculo; su abuelo dirigía el Theater an der Wien, su padre Gabor Steiner (1858-1944), empresario de carnavales y ferias, era dueño de la célebre noria del Prater, que aparece muchos años después en el film El tercer hombre (1949). Steiner recibió clases de Johannes Brahms y Gustav Mahler en la Academia Imperial de Música. Entre sus centenares de bandas sonoras, Steiner compuso la que quizá sea la más popular e influyente de la Historia, Lo que el viento se llevó (1939).  Desde los años sesenta  hasta el cambio de siglo, sobresalió Jerry Goldmisth (1929-2004), uno de los mayores compositores de la modernidad, autor de partituras tan afamadas como Chinatown, La profecía, Alien, Star Trek entre un centenar de grandes títulos durante medio siglo. Goldsmith era judío, aunque hoy casi nadie lo asocia al judaísmo. Su padre, Morris Goldsmith era ingeniero. Su madre, Tessa Rappaport, como casi todas las mujeres judías de clase alta o media-alta, recibió clases de piano e inició al futuro compositor a los seis años de edad, de la mano del reputado compositor judío polaco Jakob Gimpel (1906-1989), director de orquesta (suyas son las orquestaciones de bandas sonoras magistrales del cine clásico Luz de gas o Carta de una desconocida) y reputado compositor de música de cámara. El segundo profesor de Goldsmith, quien le enseñó los secretos del contrapunto, fue Mario Castelnuovo-Tedesco (1895-1968), compositor judío sefardí italiano, afincado en Estados Unidos.

Hollywood, como decíamos al inicio, comenzó su andadura en 1912. Durante más de un siglo, diversas generaciones de cineastas, judíos en una proporción bien significativa, construyeron una nueva narrativa, que ahora llamamos audiovisual, que cambió la forma de ver el mundo. De entre los directores de primera fila de las cinco o seis generaciones que han pasado por Hollywood, una parte muy importante, prácticamente un tercio, eran o son judíos o de orígenes judíos (independientemente de que profesasen o no la fe mosaica, fueron educados por progenitores judíos). Vamos a exponer aquí algunos pocos ejemplos relevantes, significativos, que creemos de interés para el lector.

Un cineasta al que nadie vincula al judaismo fue el norteamericano Anthony Mann (famoso en España por dirigir aquí El Cid, La caída del Imperio Romano y, sobre todo, por haber sido esposo de Sara Montiel).  Anthony Mann nació con el nombre de Emil Anton Bundsmann Waxelbaum en Point Loma (San Diego), hijo de un emigrante austriaco, Emile Theodore Bundsmann, y de  Bertha Waxelbaum, natural de Macon, Georgia. Su madre, aunque conversa, pertenecía a una próspera familia hebrea: los Waxelbaum (apellido original Weichselbaum), por lo que, según la Ley Judía (la Torá), al ser hijo de judía, Anthony Mann también era hebreo o, cuando menos, judeoconverso. (Fuente: The Jewish Publication Society of America). Mann siempre procuró ocultarlo y en casi ningún libro de cine se menciona. Sin embargo ser judío de origen o implica estar influido por el judaísmo (cultural o religioso), como ejemplo curioso figura el otrora célebre Russ Meyer, conocido como King of the Nudies (Rey de los desnudos) por ser durante décadas el más importante director de cine erótico de Estados Unidos. Meyer, de nombre real Russel Albion Meyer, era hijo de emigrantes judíos alemanes, pero no se consideraba asimismo judío; preguntado por la influencia judía en su obra, respondió: “cero.” Es decir, ninguna influencia.[10] No quiero olvidarme del director de la película más míticqa de la historia, Casablanca, Michael Curtiz, un judío húngaro que se llamaba realmente Mano Kerstez Kaminer. Sus guionistas, los hermanos Julius y Philip Epstein, también eran judíos, al igual que su productor: Hall Wallis (cuyos padres se apellidaban en realidad Eva Blum y Jacob Walinsky). Curtiz es, tras Richard Thorpe, el cineasta más prolífico de la historia en cuanto a largometrajes dirigidos. Se le atribuyen más de 160 películas.

Por último, la influencia en los métodos de interpretación del cine americano también es patente. El Método del Actor’s Studio, basado en el método Stanislavsky, lo implanta en Estados Unidos Lee Strasberg (Israel Lee Strassberg, 1901-1982), judío ucraniano nacido en Budaniv, oriundo del imperio austro-húngaro y todo un mito del cine norteamericano. A él deben su técnica interpretativa leyendas como James Dean, Montgomery Clift, Marilyn Monroe, Al Pacino o Robert de Niro. El otro gran profesor de interpretación de Estados Unidos fue Sanford Meisner (1905-1997), formado en el Group Threater, creador de la Técnica Meisner, método con el que se formaron actores de la talla de Gregory Peck, James Caan, Robert Duvall o Tom Cruise. Sanford Meisner nació en Nueva York, siendo el mayor de cuatro hermanos de un matrimonio de emnigrantes judíos húngaros, Bertha Knoepfler y Hermann Meisner.

Podríamos hablar aquí de los estudios de cine en el siglo XXI y el activo papel que desempeñan los emprendedores judíos en el mundo audiovisual y del entertainment, de los actores y actrices judías –de Paul Newman y Harrison Ford a Hedy Lamarr, Scarlett Johansson o Natalie Portman– y del papel de los creadores judíos en el cine europeo, en especial el ruso, el británico y el francés, –de Eisenstein y Romm a Jean-Pierre Melville, de Michael Balcon y los hermanos Korda a Polanski– o en el cine latinoamericano –de Héctor Babenco a Jodorowsky o Arturo Ripstein– pero esto ya constituiría otro libro. Espero que se escriba algún día.

Diego Moldes, verano 2015

BIBLIOGRAFÍA ADICIONAL RECOMENDADA POR DIEGO MOLDES

  • ABRAMS, Nathan (2012), The New Jew in Film: Exploring Jewishness and Judaism in Contemporary Cinema, Rutgers University Press, New Brunswick.
  • ATTALI, Jacques (2005), Los judíos, el mundo y el dinero, Historia económica del pueblo  judío [Trad. Víctor Goldstein: Les Juifs, le monde et l’argent, Libraire Arthème Fayard, París, 2002], Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México.
  • BARTOV, Omer (2005), The “Jew” in cinema: from the golem to Don’t touch my Holocaust, Indiana University Press, Bloomington.
  • CERAM, C. W. (1965) [seudónimo de Kurt Wilhelm Marek], Arqueología del cine [Trad. E. Donato Prunera: Arqueology of the Cinema, Thames and Hudson Ltd., Londres, 1965], Ediciones Destino, Barcelona.
  • COUSINS, Mark (2015), Historia del Cine, Nueva Edición [Trd. Jorge González Batlle: The Story of Film, Pavilion Books, Londres, 2004, 2ª ed. 2011] Blume, Barcelona.
  • ERENS, Patricia (1984), The Jew in American Cinema (Jewish Literature and Culture Series), Indiana University Press, Bloomington.
  • GUBERN, Román (1995), Historia del cine, cuarta edición aumentada, Editorial Lumen, Barcelona.
  • JOHNSON, Paul (2010), La historia de los judíos [Trad. Aníbal Leal: A History of Jews, 1987, Harper and Row, Londres], Ediciones B-Grupo Zeta, Barcelona.
  • KEMP, Philip (2011) (coord.), Cine. Toda la historia [Trad. Llorenç Esteve de Udaeta: The Whole Cinema, Quintessence, Londres, 2011], Blume, Barcelona.
  • PRAWER, Siegbert Salomon (2005), Between Two Worlds: The Jewish Presence In German And Austrian Film, 1910-1933, Berghahn Books, Nueva York.
  • SÁNCHEZ NORIEGA, José Luis (2006), Historia del cine. Teoría y géneros cinematográficos, fotografía y televisión, Prólogo de Román Gubern, Nueva edición, Alianza Editorial, Madrid.
  • SCHAMA, Simon.
  • (2015) La historia de los judíos. Vol I. En busca de las palabras, 1000 a.e.c.-1492, [Trad. The Story of the Jews. Finding the Words 1000BCE – 1492CE, The Bodley Head, Londres, 2013], Debate, Barcelona.
  • (2014) The Story of the Jews. When Words Fail: 1492-Present Day, The Bodley Head,
  • TAVERNIER, Bertrand & COURSODON, Jean-Pierre (1997), 50 años de cine Norteamericano [Trad. Francisco Díaz del Corral: 50 Ans de cinéma américain, Éditions Nathan, París, 1991,1995], edición de  César de Vicente Hernando, Ediciones Akal, Madrid.
  • TORRES, Augusto M. (1996), Diccionario Espasa Cine. Directores, Películas,Actrices, Actores, Prólogo de Guillermo Cabrera Infante, Espasa Calpe, Madrid.
  • VIDAL, Nuria (1997), Orígenes del cine. Tomo 1: Europa y otras cinematografías. Tomo 2: Estados Unidos, Divisa Red, Valladolid.

Para consultar nombres concretos de este libro o títulos de películas en su inglés original o en su estreno español, así como filmografías y biografías, se recomienda la web www.imdb.com , la mayor base de datos audiovisual del mundo, tanto en cine como en televisión, videoclips y, últimamente, videojuegos.

[1] Cfr. C. W. Ceram, Arqueología del cine, Destino, Barcelona, 1965: Archaelogy of the Cinema, Thames and Hudson Lt., Londres, 1965. C. W. Ceram era el pseudónimo del periodista berlinés Kurt Wilhelm Marek (1915-1972), crítico literario y divulgador de la arqueología (Dioses, tumbas y sabios, 1949, fu su libro más popular.). Aunque su figura se oscureció por ser propagandista de los nazis durante el III Reich, su Archaelogy of the Cinema, continúa siendo obra de referencia ineludible, pues Ceram se entrevistó personalmente con los Skladanowsky y los Lumière entre otros pioneros del llamado séptimo arte.

[2] Cfr. los websites: http://www.adherents.com/movies/FilmAFI100.html (visitado el 8.10.2015) y  http://www.adherents.com/movies/Oscar_screenplay.html (visitado el 9.10.2015).

[3] Cfr. Videografía, JACOBOVICI & SAMUELS (2008). No obstante, el film está disponible en Internet, al parecer de manera legal, en: http://www.veoh.com/watch/v16439142GRyZJsPn (visionado en abril de 2011, en marzo 2013 y, por tercera vez, el  12 de abril de 2015, cuando tenía 13.423 visualizaciones). También fue subido al canal Youtube, con pésima calidad de imagen videográfica, el 19 de septiembre de 2014; el 3 de octubre de 2015 contaba con 32.961 visionados y decenas de comentarios judeófobos.

[4] GUBERN, Román, Historia del Cine, Lumen, Barcelona, 1995, p. 58.

[5] Durante años se consideró el primer largometraje de ficción (entendido como tal aquel que dura más de sesenta minutos, otros hablan de ochenta) L’enfant prodigue (El hijo pródigo, 1907), de Michel Carré, filmado en Francia y de 1.600 metros de película. Hoy sabemos que no es así. El primer largometraje de ficción fue una cinta australiana, The Story of Kelly Gang (1906), de Charles Tait, estrenado en Melbourne el 26 de diciembre de 1906, de 1.200 metros de película (60 minutos), tal y como registró en 2007 la UNESCO en su Programa de Memoria del Mundo (Memory of the World Programme).

[6] Estamos viendo que la práctica común de cambiar el nombre y anglosajonizarlo no es exclusiva de los judíos, pues también ocurrían con actores de apellidos eslavos, griegos o escandinavos. Se da, en menor medida, en directores y en productores. Sería un error pensar que es un fenómeno exclusivamente norteamericano o del ámbito del cine, como lo sería creer que es un hecho del pasado. Sigue ocurriendo. La tendencia a anglosajonizar nombres y apellidos para disimular el origen semita, ni es antiguo, ni exclusivo del mundo anglosajón. En Francia, en 2010, el diario Liberátion reveló que tres ciudadanos galos pertenecían a familias judías que en, entre los años cuarenta y ochenta, en plena democracia, se habían cambiado el apellido original judío por otro que sonase más francés. Estos ciudadanos, que contarn su historia y afirmaron querer recuperar legalmente sus apellidos originales, eran: Olivier Raimbaud (apellido original Rubinstein), Michel Volcot (Wolkowicz) y Jérémie Fazel (Fajnzylber).

[7] Fraser-Cavassoni, Natasha (2003), Sam Spiegel: The incredible life and times of Hollywood’s most iconoclastic producer, the miracle worker who went from penniless refugee to show biz legend, and made possible The African Queen, On the waterfront, The bridge over the River Kwai, and Lawrence of Arabia. Nueva York, Simon & Schuster.

[8] Whitfield, Stephen J. (1996), American Space Jewish Time: Essays in Modern Culture and Politics, North Castle Books, Nueva York. Cfr. p. 152 y ss.

[9] Para comprender la importancia del exilio de cineastas, productores y guionistas judíos europeos, en especial a partir de 1933 (subida al poder de Hitler) y de cómo cambiaron por completo la forma y el contenido del cine norteamericano, se puede comenzar por el cine negro, el llamado film noir. Una primera lectura podría ser el ensayo de Vincent Borook Driven to Darkness: Jewish Emigre Directors and the Rise of Film Noir, Rutgers University Press, 2009. Si fuse para la cultura judeoalemana (o solo la germana) en la estadounidense, se podría abarcar mucho más con Exiled in Paradise: German Refugee Artists and Intellectuals in America from the 1930s to the Present (Weimar and Now: German Cultural Criticism), de Anthony Heilbut, Plunkett Lake Press, 1983, 1997 y 2012.

[10] Cf. American Jewish Filmmakers, David Desser y Lester D. Friedman, University of Illinois Press, Chicago, 1993, segunda edición 2004.

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