Hugo Bettauer y La ciudad sin judíos

Por Diego Moldes González, Madrid, 3 de febrero de 2016

Hugo Bettauer, autor de La ciudad sin judíos, fue asesinado por haber escrito este libro.

Hoy Hugo Bettauer continúa siendo un absoluto desconocido para la mayor parte de los lectores en lengua española. Me atrevería a decir que también para los actuales lectores en su lengua natal, el alemán. Como ocurrió con otros autores centroeuropeos de finales del siglo XIX y principios del XX, Hugo Bettauer (1872-1925) pertenece aquella estirpe de la elite intelectual europea que surgió en la Mitteleuropa que surgió de las Luces (la Haskalá, en el caso de su pueblo) y alumbró la Modernidad y cuyo epicentro podemos situar en la Viena imperial. Sus herederos fueron contemporáneos nuestros como los alemanes Peter Handke o Max Frisch, el búlgaro Ángel Wagenstein, el rumano Norman Manea, el polaco Stefan Chwin, los húngaros Imre Kértesz o Lászlo Krasznahorkai o el checo Milan Kundera. Algunos judíos, otros protestantes, ortodoxos o católicos. Todos ellos herederos de toda una tradición centroeuropea, en alemán o en lenguas eslavas, en donde despuntaban escritores tan sobresalientes como Thomas Mann, Miklós Bánffy o el original Witold Gombrowicz. Hugo Bettauer, austríaco y judío, vienés de adopción, se puede encuadrar entre los autores en lengua alemana que florecieron en los últimos estertores del Imperio Austrohúngaro y un poco más allá, entre los que es obligado recordar a novelistas como Joseph Roth, Stefan Zweig, Franz Kafka, Gustav Meyrink, Robert Musil, Alexander Lernet-Holenia y, como no, a poetas como el gran Rilke o Hugo von Hofmannsthal. La crème de la créme. Autores y pensadores posteriores como los cosmopolitas Elias Canetti o Artur Koestler no podrían haber existido de no haberse constituido este sustrato cultural, plurinacional y, en cierto modo, extraterritorial. Casi todos enclavados en el mundo de los Habsburgo, casa reinante que gobernó tantos países centroeuropeos desde el siglo XIII al XX y que desembocó en el Imperio Austríaco surgido de 1806 tras el fenecer del Sacro Imperio Romano-Germánico y que, entre 1867 y 1918, unido a Hungría, derivó en el Imperio Austrohúngaro, de donde culturalmente procede Bettaeuer. Hugo Bettauer nació en Baden, localidad situada a veintiséis kilómetros al sur de Viena, ciudad en la que vivió, al igual que en Zúrich, Nueva York, Berlín o Hamburgo, entre otras localidades, movido por su oficio de periodista. Progresista, defensor de las minorías y los oprimidos y también de las mujeres –fue un adalid del feminismo en un tiempo de infausto recuerdo–, Bettauer era un hombre mundano, que incluso llegó a nacionalizarse estadounidense cuando vivió en Manhattan junto al amor de su vida Olga Steiner, a partir de 1899.

A los treinta y cuatro años Bettauer publicó su primer libro en Nueva York, en 1907, y desde entonces su actividad fue frenética, en especial cuando regresó a Europa y se asentó primero en Berlín y luego en Viena. Compaginó su labor periodística, sumamente crítica con el poder político y económico, con su creciente producción como novelista y guionista cinematográfico. Se le atribuyen diecisiete novelas, tres libros de relatos, dos obras de teatro y once guiones en los que trabajó de manera directa o indirecta, como guionista original o como responsable del argumento de sus novelas adaptadas al cine. De todas ellas, sin lugar a dudas la más exitosa fue La ciudad sin judíos, Die Stadt ohne Juden, publicada en Viena en 1922 y que fue un éxito de ventas absoluto: 250.000 ejemplares vendidos. Si hoy esa cifra es una barbaridad, imagínense en los primeros años veinte, cuando Viena contaba con un millón de habitantes y toda Austria apenas alcanzaba los cuatro millones.

Por supuesto, la novela corta de Bettaeuer, sátira irreverente y comedia brillantísima, fue adaptada al cine: en 1924 el director austríaco Hans Karl Breslauer (1888-1965) dirigió Die Stadt ohne Juden, con guion de Ida Jenbach (1878-1940) y fotografía de Hugo Eywo (1877-1953). El profesor Murray G. Hall, de la Universidad de Viena y especialista en Bettauer, escribe en el apéndice de la edición española (Periférica, Cáceres, 2015): “Bajo esta luz habría que ver también su versión cinematográfica de 1924 (de la cual, probablemente, no quede copia).” Ignoro en qué fecha escribió su texto el profesor Hall, pero sí existe copia de la película en Filmarchive Austria, que incluso la comercializó en formato DVD en octubre de 2008 a través de la casa vienesa Hoanzl. Como dos apuntes curiosos, decir que en la película la ciudad de Viena pasó a llamarse Utopia y que, además de su estreno vienés en 1924, fue estrenada en Nueva York el 7 de julio de 1928.

LA CIUDAD SIN JUDÍOS Die Stadt ohne Juden dvd

Volviendo al texto de Bettauer, es necesario decir que no estamos ante un libro de tesis, sino ante un relato cómico divertidísimo. Una novela corta, de apenas 156 páginas en su edición española, que se lee, esta sí, del tirón y no quiero caer aquí en el tópico. Su agilidad narrativa, su perspicacia corrosiva, su tono desenfadado y su estructura en escenas que parecen capturadas de la vida real –es evidente la influencia del estilo periodístico y cinematográfico visual del autor–, hacen de la novela un festín de hilaridad, proporcionando una lectura fulgurante y siempre con una media sonrisa en la boca. Pero no nos engañemos, como ocurre en las películas de Billy Wilder –otro judío vienés exiliado–, bajo la forma de la comedia se esconde una profunda crítica social, una ulcerosa y descarnada visión de lo peor del ser humano, su codicia, su envidia, su mediocridad egoísta. Bettauer fue valiente, pues no claudica ante nada ni nadie, sus dardos van contra cristianos y contra judíos (él, además, se convirtió a la Iglesia Evangélica en 1890, para poder cursar estudios en la academia militar, la Kaiserjäger), ricos y pobres, banqueros y obreros, políticos socialdemócratas y conservadores, austríacos y extranjeros, ningún estamento queda a salvo de su pluma envenenada y certera. Sin embargo, no destila odio, ni desprecio, ni acritud, parece sobrevolar las cosas y a sus compatriotas como un observador distanciado y omnisciente, ojo que todo lo ve y que comprende con un punto de afecto, las miserias humanas, acaso porque sabe que nadie escapa del todo a ellas. Ya el arranque es vertiginoso, con las diatribas antisemitas del canciller austríaco en el parlamento, el imaginario doctor Karl Schwertfeger, quien convence a los diputados de uno u otro signo para que se apruebe la ley de expulsión de los judíos. Seguida de la no menos desternillante réplica del ingeniero Minkus Wassertrilling, único diputado sionista, que ironiza desde el inicio contra los patriotas austríacos cristianos: “Estimados discípulos de aquel judío que, para salvar a la humanidad, cometió la locura de hacerse clavar en la cruz… -Abucheos tempestuosos: ‘¡Fuera los judíos!’-. Sí, señorías, me uno a su coro, a su ‘¡fuera los judíos!, y votaré con placer a favor de esta ley. Los sionistas saludamos la normativa porque responde completamente a nuestras metas. […] Lo que estaba pensado como un azote producto de una cínica maldad y estupidez, se tornará en bendición.” (Bettauer, 2015, 23) Los tableaux vivants humorísticos se suceden en cada capítulo con una fluidez casi visual, en el gobierno, los ministerios, las casas comerciales, los hogares, tiendas de alta costura, de ultramarinos, las casas de citas, las amantes abandonas –muchachas dulces y queridas–debates acalorados, discursos instigadores, las navidades tristes, la caída del gobierno, las elecciones anticipadas o las funestas borracheras… Los prejuicios conspiranoicos –que tristemente en la vida real ya habían cristalizado en el dañino libelo de Los protocolos de los sabios de Sión desde inicios de siglo– y los tópicos antisemitas más repetidos son puestos en solfa y llevados al ridículo del absurdo, al sinsentido del que nunca deberían haber salido. En este aspecto, es particularmente cómico el paradigma del descaro judío, representado por ese Leo Strakosch exiliado y enamorado de una chica cristiana de la alta burguesía, Lotte, que regresa de su exilio galo convertido en un francés, ciudadanía tomada de un amigo parisino, y que se hace llamar Henry Dufresne. El falso Dufresne movilizará con su ingenio la Liga de los Verdaderos Cristianos, propiciando la caída del gobierno con su conspiración (burda sátira en la que Bettauer voluntariamente hace un guiño a los antisemitas, como diciéndoles, sí, mirad, aquí está vuestro judío conspirador que va a manejar a vuestros políticos a su antojo, pues es más listo que vosotros). Hugo Bettauer, muy consciente de lo que se traía entre manos, describió su aguda novela con precisión, como recoge el profesor Hall en la edición española:

“Aquel grito de anhelo (…) llevó mi imaginación a pensamientos lúdicos sobre cómo podría desarrollarse esa Viena si algún día los judíos obedecieran de verdad la cortés orden de abandonar la capital. Comencé entonces a fijarme en los rótulos de empresas, las listas de donantes y los ecos de sociedad en los periódicos, en el público de los teatros y los lugares de alterne, para detectar apellidos sencillos o floreados o narices curvadas o respingonas, y el resultado ha sido esta pequeña novela del futuro. (…) Sé que podría haber ahondado mucho más y haber escrito un libro voluminoso con profundas reflexiones político-económicas sobre lo que sucedería si Viena dejara de tener judíos. En vez de hacerlo he parido una novelita medianamente divertida, muy a mi manera, es decir, al estilo de un viva la Virgen, un calavera, de un individuo del todo informal. (…) Lo dicho, pues: he escrito una novelita divertida que, mediante una serie de bocetos unidos por una trama inocua, presenta el cuadro de una Viena sin judíos. (…) He tratado de escribir esta novela sin prejuicio, de describir más que de criticar. Con angustiado afán he procurado evitar la sospecha de que consideraba a los judíos un elemento imprescindible de cualquier gran ciudad. ¡En absoluto! No lo son de cualquier gran ciudad, pero sí lo son de Viena porque la idiosincrasia de sus habitantes, sumamente amables, de alto nivel cultural pero bastante reacios a pensar y a actuar, es absolutamente antimacrourbana. (…) Mostrarlo de un modo ágil y divertido, con trazo rápido, ha sido el objetivo de este libro.” (Bettauer, 2015, 166-167)

Objetivo cumplido, ciertamente. Con creces. Me pregunto si personalidades como Sigmund Freud, vienés y judío, leyeron esta novela, algo que no nos aclara Élisabeth Roudinesco en su monumental biografía crítica, Freud. En su tiempo y en el nuestro. Y meditando sobre los lectores contemporáneos de Bettauer, cientos de miles, a uno le surge la duda inevitable. ¿Leyó aquel pequeño austríaco católico, resentido y neurótico, Adolf Hitler, La ciudad sin judíos? Es muy probable, dada su difusión. Es sabido que previa a la idea de la Solución Final, la exterminación de los judíos europeos que desembocó en el Holocausto (1941-1944), se barajó la expulsión del pueblo judío de todos los territorios del Reich alemán, incluidas las naciones anexionadas o invadidas a partir de 1938. Se barajaron posibilidades, tanto por parte de nazis como de sionistas judíos y gentiles, como Madagascar, otros territorios africanos o la pampa argentina (idea del Barón de Hirsch). Esas ideas de los años treinta ya rondaban por los círculos de poder de Austria y Alemania en los años veinte, desde el fin de la Gran Guerra, y son recogidas con sutil maestría por Bettauer en su espléndido libro. Un libro, que, subtituló, con su ironía habitual, “Novela de pasado mañana”. Lástima que su utopía no se cumplió (la ley antijudía será finalmente abolida por el parlamento en la novela) y la Historia fue mucho más trágica de lo que nadie jamás hubiese imaginado. Ni siquiera el propio autor, que fue abatido a tiros en plena calle por un antisemita de la extrema derecha germánica. Su único hijo, Helmut, desapareció entre las columnas de humo de Auschwitz, en algún momento de 1942.

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