¿Quién crucificó a Jesús? Por Carl Th. Dreyer

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¿Quién crucificó a Jesús?

Carl Th. Dreyer

En este ensayo, aparecido en Politiken el 28 de octubre de 1951, lo esencial del misticismo hecho realidad aparece con más claridad que nunca. Dreyer está emocionado con el libro de Zeitlin sobre la Crucifixión, porque parece llegar a penetrar en las realidades más humanas relacionadas con los sucesos que condujeron a la muerte de Jesús. Lo material y lo espiritual se realzan mutuamente para Dreyer y, al guiarse por detalles que parecen verosímiles, evita la confusión y la vaguedad que lleva consigo el exceso de misticismo no realizado. Véase cómo resuelve, en el guión, la cuestión de la naturaleza de Jesús y el sentido de su misión:

Jesús nunca se proclamó públicamente como el Mesías, pero no cabe duda de que poco a poco llegó a la conclusión de que él era el Mesías esperado, llamado por Dios para establecer su reino en la tierra. Pero Jesús se dio cuenta de que su misión en el mundo era infinitamente más elevada que la de colmar las esperanzas nacionales y políticas vinculadas al sueño mesiánico de la gente. Jesús quería una revolución, pero una revolución de carácter espiritual. Y le dio al mesianismo un nuevo significado, al identificarlo con el buen siervo del que había hablado Isaías y que, a través de su sufrimiento, redimiría a Israel.

Cuando decide entrar en la Ciudad Sagrada al día siguiente, por tanto, deseaba destacar con un acto simbólico que venía como Mesías en un sentido espiritual, pero la multitud pensó en el Mesías solo en términos políticos y militares.

El estar por encima de los problemas de este mundo que algunos estudiosos asocian con las películas de Dreyer es, en su mayor parte, producto de la fusión de sus observaciones extraordinariamente agudas sobre la acción y la interacción humanas, presentadas con técnicas genuinamente cinematográficas, pulidas por el director a lo largo de muchos años, y que aumentan la sensación de presencia de algún estado de cosas que Dreyer intenta comunicar y evocar. Dreyer llega a ello, y a que sus personajes alcancen su gracia, descartando las pretensiones supraterrenas: un proceso que queda explícito en Ordet, que es la fábula de Dreyer sobre este aspecto concreto. Y el personaje de Judas, tal como lo dibujó Dreyer para su película sobre Jesús, es el arquetipo del individuo incapaz de resolver, de fundir en un todo lo terrenal con lo espiritual, tal y como muestra la descripción de Dreyer:

Al principio, (Judas) sentía por Jesús sincera devoción y confianza. Pero era un escéptico por naturaleza, y después de cierto tiempo empezó a mirarlo con ojos críticos. Su mente no tendía a lo espiritual, interpretaba las palabras de Jesús literalmente y se daba cuenta, con desaprobación, de la frecuencia con la que aparentemente se contradecía. En las discusiones entre Jesús y los fariseos se mostraba a menudo proclive a estar de acuerdo con estos antes que con Jesús, cuyo pensamiento estaba por encima de sus posibilidades de comprensión.

Por invitación del dramaturgo norteamericano Blevins Davis, llegué a los Estados Unidos para trabajar en un guión sobre Jesús. Naturalmente, ya me había creado una teoría con respecto a los hechos que precedieron al prendimiento de Jesús. Un par de días después de que los alemanes invadiesen Dinamarca, se me ocurrió que, tal como nosotros habíamos sido ocupados, igual pudo haber ocurrido con los judíos. Ese odio que sentíamos por los nazis pudieron haberlo sentido también los judíos por los romanos. Mi teoría empezó a tomar forma a partir de esa intuición. Sospechaba que el prendimiento, condena y muerte de Jesús se basaban, en realidad, en un conflicto entre Jesús y las autoridades de la ocupación romana.

Nada más llegar a los Estados Unidos, tuve la fortuna de tropezar con un libro, entonces recién publicado, que me daba la razón. El título era ¿Quién crucificó a Jesús?, y el escritor, profesor del Departamento Rabínico del Dropsie College de Filadelfia, un erudito judío de fama internacional. Pero antes de abordar los nuevos puntos de vista que Zeitlin propone en su libro, hay que hacer mención a la actitud del pueblo judío frente a la autoridad de la ocupación.

El gobernador romano, Pilatos, era el verdadero señor del país. Frente a él estaba alguien a quien él mismo había nombrado sumo sacerdote, Caifás, como líder responsable del pueblo judío. Además de ocupar el cargo de sumo sacerdote, Caifás era también la cabeza secular del Estado judío. Él y la clase alta mantenían respecto a los romanos una política de contemporización que tenía como objetivo proporcionar a la población del país unas condiciones de vida lo más soportables posible, a base de llegar a un acuerdo con los señores romanos, que a su vez (igual que los alemanes en nuestro siglo), para comprometer a los judíos, les concedían ciertos privilegios, como la libertad de religión, la autonomía municipal, la posibilidad de mantener su propia política y sus propios juzgados, excepto en casos que tuviesen que ver directamente con el Estado, es decir, con la seguridad de los romanos, y en los que estos se reservaban el derecho de dictar sentencias y ejecutar las penas.

En medio de la desesperación que produce el hecho de vivir como un pueblo oprimido, los judíos no abandonaron nunca la esperanza de que resurgiera su reino cuando viniese a la tierra el Mesías anunciado por los profetas. Se imaginaban a ese Mesías como un gran guerrero y general que habría de vengar a Israel y expulsaría a los romanos de la región. Y era esa esperanza la que daba al hombre sencillo la fuerza y el valor necesarios para soportar el yugo romano.

Sin embargo, había algunos que no llevaban sus sufrimientos con la misma resignación y prefirieron combatir el terror con el terror. Se congregaron en una secta, los sicarios, e iniciaron una guerra de guerrillas contra los romanos. Sus intentos de rebelión fueron aplastados una y otra vez, pero nunca se rindieron. Persiguieron también a aquellos de sus agricultores que confraternizaban con los romanos, entre los cuales figuraban algunos grandes terratenientes, que cedían su grano a los invasores. Los sicarios alegaban que esos judíos, que se corresponden con nuestros colaboracionistas, debían ser considerados traidores a la patria, por lo que quemaban sus cosechas y los liquidaban sin la menor compasión. Los sicarios pueden ser comparados, sin más, con nuestra Resistencia.

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El doctor Zeitlin menciona también a los integrantes de otra secta, que se hacían llamar fariseos apocalípticos.También ellos esperaban un cambio revolucionario de la sociedad, pero pensaban que el pueblo sería liberado por la intervención directa de Dios. Se imaginaban al Mesías como descendiente de la estirpe de David, pero dotado de unas cualidades sobrenaturales.

El conocimiento de las creencias y de la actividad de esas dos sectas es una condición imprescindible para el correcto entendimiento de las posturas que los romanos pudieron adoptar frente a Jesús. Pocos días antes de su entrada en Jerusalén, y en las afueras de esa ciudad, en Betania, Jesús había resucitado a Lázaro de entre los muertos. Y en el mismo Jerusalén había curado a un hombre que había sido paralítico durante treinta y ocho años, y a un joven que había nacido ciego. El paralítico pudo andar y el ciego pudo ver. ¿Acaso no era Jesús aquel Mesías con poderes sobrenaturales del que hablaban los fariseos apocalípticos? Una cosa es segura: los romanos estaban siempre alerta, tanto frente a los sicarios como a los fariseos apocalípticos, y no establecían ninguna diferencia entre ellos, sino que los consideraban en igual grado peligrosos revolucionarios y los crucificaban en masa.

Detengámonos ahora brevemente en lo que tiene que decirnos el doctor Zeitlin sobre el Consejo judío ante el que compareció Jesús tras su prendimiento en Getsemaní. Se recordará que tanto san Marcos como san Lucas y san Juan mencionan el hecho de que Jesús fue conducido a casa del sumo sacerdote y allí puesto en presencia de un Consejo de ancianos y escribas. ¿Qué clase de Consejo era aquel?

Desde tiempos antiguos había un Consejo que era conocido como el gran sanedrín. Estaba compuesto por 71 miembros y era un órgano legislativo cuyas únicas tareas consistían en interpretar la ley bíblica, fijar el año natural y cosas por estilo.

Además de este Consejo mayor había otro Consejo menor, el pequeño sanedrín. Estaba constituido por 23 miembros, con pleno poder para juzgar en los casos de delito contra las leyes religiosas, y en delitos que implicasen la pena capital, como el asesinato, el incesto, el sacrilegio público del sabbat y la blasfemia. El pequeño sanedrín se reunía todos los días, excepto los sábados, días festivos y las vísperas de fiesta. Esto tenía su explicación. Mientras los romanos pronunciaban sin escrúpulos sentencias de muerte en masa, los judíos eran más humanos en sus prácticas judiciales. Evitaban en lo posible las condenas a muerte. Un hombre podía ser absuelto el mismo día en que se presentaba como procesado, pero no podía ser condenado a muerte hasta el día siguiente. No se podía dictar una sentencia de muerte de manera irreflexiva. E incluso después de que se hubiese dictado sentencia, el caso podía ser revisado si cualquier fuente imprevista arrojaba nuevas informaciones favorables al acusado.

Hasta tal punto llegaba el miedo de los jueces judíos a ejecutar a un inocente, que cuando el ya varias veces condenado a muerte era conducido finalmente al patíbulo, un alguacil iba a la cabeza del cortejo llevando una pizarra atada a un palo largo. En la pizarra aparecía una inscripción que invitaba a cualquiera de los presentes que tuviese alguna noticia que pudiese beneficiar al condenado a presentarse inmediatamente ante el Consejo. Si alguien se presentaba, la ejecución se aplazaba y el caso se volvía a abrir. Dado que Jesús fue crucificado el día antes de Pascua, no pudo ser conducido ante el pequeño sanedrín tras su arresto en el huerto de Getsemaní, ya que, como he dicho, el pequeño sanedrín no se reunía las vísperas de fiesta, ni tampoco durante la noche.

Entonces, ¿a qué tipo de Consejo se enfrentó Jesús en casa del sumo sacerdote?

El doctor Zeitlin desvela este enigma al aclarar que, desde que Judea había sido independiente, junto a los dos sanedrines religiosos existía un tercero, político, que se ocupaba de quienes delinquían contra el Estado o su cabeza. Los miembros de este sanedrín religioso eran nombrados por el jefe del Estado, quien, por supuesto, designaba para el cargo a personas que sabía que iban a bailar a su son. Cuando Judea pasó a ser una provincia de los romanos, estos se hicieron cargo de la justicia en todo lo relacionado con los delitos de Estado. Y como queda dicho, era el sumo sacerdote el responsable del orden político y social en Judea, y le competía arrestar a aquellos de sus compatriotas que fuesen sospechosos de albergar intenciones revolucionarias. Cuando esto ocurría, el sujeto en cuestión era conducido ante el sumo sacerdote y un Consejo compuesto por sus más cercanos asesores. Este Consejo era una imitación del sanedrín político de épocas anteriores. No tenía ningún derecho a juzgar al acusado, sino solo a interrogarlo y a tomar declaración a posibles testigos; después, el caso se presentaba a las autoridades romanas, que eran las que dictaban sentencia y hacían que se cumpliera la pena.

El doctor Zeitlin llama la atención sobre el hecho de que, en todos los casos conocidos, el procedimiento era este: primero se arrestaba al acusado y después se convocaba al consejo político. Y precisamente eso fue lo que ocurrió en el caso de Jesús. El doctor Zeitlin añade que este Consejo político se reunía en cualquier momento del día, siempre que las circunstancias lo exigían, incluso de noche, y, en contraposición con los dos sanedrines religiosos, no tenía ningún lugar de reunión determinado. De eso se puede deducir, afirma el doctor Zeitlin, que fue a este Consejo político al que fue presentado Jesús durante la noche, después de haber sido arrestado.

De ser verdad esta teoría, Jesús fue tratado como un delincuente político; pero ¿había verdaderas razones para considerarlo un revolucionario y una persona peligrosa para el Estado?

Con el fin de responder a esta pregunta, el doctor Zeitlin nos recuerda que, cuando Jesús hizo su entrada en Jerusalén, fue aclamado como “hijo de David” y saludado al grito de bendito sea el futuro reino de nuestro padre David”.

¿Qué había tras esas aclamaciones?

Los profetas antiguos, que hablaban en nombre de Dios y cuya palabra se transmitía mediante tradición oral, habían predicho que un hombre de la estirpe de David llegaría un día como Mesías enviado por Dios y, como elegido de este, se convertiría en el rey de los judíos.

Pero Jesús no solo fue aclamado como hijo de David, sino también al grito de “bendito sea el rey que viene en nombre del Señor” (Marcos) y “Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel” (Juan).

Al dejarse aclamar como Mesías, hijo de David y rey de Israel, Jesús no solo resultó para los romanos sospechoso de complicidad con los grupos revolucionarios del pueblo judío, sino que su entrada en la ciudad fue una provocación directa a los invasores, que lo consideraron un acto de rebeldía que les daba derecho a exigir su entrega. Cuando, inmediatamente después de su entrada, Jesús se dedicó, además, a expulsar del templo a los cambistas y a los vendedores de animales para el sacrificio, eso supuso tal ruptura del orden social, que tanto los romanos como las autoridades judías se indignaron, estas últimas en perfecta coherencia con sus convicciones. A su juicio, lo que había hecho Jesús con su comportamiento era poner en grave peligro el bienestar del pueblo judío.

Según el doctor Zeitlin, el sumo sacerdote tuvo, por tanto, que hacer que arrestaran a Jesús, interrogarlo ante el Consejo político y, como reconoció que se consideraba a sí mismo Mesías, entregarlo a Pilatos.

A título personal, considero bastante probable que fuesen los romanos los que pidiesen el arresto y entrega de Jesús, porque, naturalmente, disponían de una Gestapo bien organizada y estaban al corriente de todo lo que pasaba en Judea, y especialmente en Jerusalén, durante la Pascua. Nosotros tuvimos en Dinamarca —sans comparison— un caso casi análogo durante la ocupación, cuando, el 24 de febrero de 1942, los alemanes exigieron la entrega de Wilhelm la Cour. Y que los hechos pudieran haber transcurrido así pienso que se desprende de la observación de Caifás que aparece citada en el libro de Juan: “Vosotros no sabéis nada, ni tenéis en cuenta que es beneficioso para la comunidad que un hombre muera por el pueblo y no que sea todo el pueblo el que perezca”. Ese tono malhumorado parece indicar que Caifás, incluso dentro del estricto Consejo político, encontró resistencia a la entrega de Jesús por parte de aquellos consejeros que, por lo general, eran seguramente marionetas en sus manos. Insisto, sin embargo, en que se trata de una opinión puramente personal.

Cuando, a la mañana siguiente, Jesús fue llevado ante Pilatos, la primera pregunta que le hizo el gobernador romano fue si era el rey de los judíos, a lo que Jesús respondió con una evasiva: “Tú lo has dicho”. También de este hecho saca el doctor Zeitlin la conclusión de que Jesús realmente fue entregado a los romanos como un delincuente político que había infringido las leyes del Estado romano. La parte de la acusación que interesó a Pilatos fue seguramente el hecho de que Jesús anhelase convertirse en el rey de los judíos.

Cuando acabé el guión y extraje todos los conocimientos posibles del estimulante libro del doctor Zeitlin, tuve el gran placer de conocer personalmente al escritor. Blevins Davis consiguió sacar al erudito de su estudio e inducirlo a leer mi guión y a revisarlo conmigo de manera crítica. Nuestra colaboración fue una gran experiencia y me resultó muy fructífera. Por supuesto, era él quien hablaba y yo quien escuchaba. Al final, nos pusimos de acuerdo en todos los puntos, excepto en uno. En su libro, el doctor Zeitlin era más duro con Caifás, al que repetidas veces califica de traidor. Yo no creo que lo fuese. Se le puede llamar colaboracionista, pero rotundamente no traidor. En mi modesta opinión no hay nada que parezca indicar que Caifás no fuese un hombre bien intencionado, que solo pensaba en el bien de su pueblo. Era un político realista y, como tal, consideraba que lo más inteligente para el pueblo judío era actuar con precaución para no perder las pocas libertades que les habían dejado. La calificación de traidor, por tanto, no solo es injusta, sino también incorrecta, aunque solo fuera por el gran abismo que existía entre la ideología judía y la romana. Para los romanos, la religión estaba subordinada al Estado; para los judíos, estaba por encima del Estado, la religión lo era todo. Por tanto, en el guión he seguido mi propia línea respecto a la figura de Caifás, pero, en general, estoy enormemente agradecido al doctor Zeitlin, que pienso ha alcanzado con su libro el objetivo que se había propuesto: refutar la acusación contra los judíos por haber asesinado a Jesús. Esta acusación infame se formuló por primera vez en el primer siglo posterior a la muerte de Jesús. Tanto tiempo hace ya. Tan antiguo es el antisemitismo. Todos sabemos la cantidad de dolor y lágrimas, de sufrimiento y muerte que esta infamia ha ocasionado a los judíos.

Cari Th. Dreyer, Sobre el cine, 40 Semana Internacional de Cine, Valladolid, 1995.

Texto reproducido en: Nickel Odeón Ordet-Vértigo Resurreción y cine, Notorious Ediciones, Madrid, marzo 2017, con autorización de sus editores, Guillermo Balmori y Enrique Alegrete. Esta nueva edición en formato libro, con nuevas fotografías de gran calidad reproduce en menor formato, y veinte años después, la edición original homónima en formato revista de la revista Nickel Odeón, dirigida por José Luis Garci, número 8, , Madrid, otoño de 1997.

 

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